miércoles, 28 de agosto de 2013

De la influencia ejercida por los Lidenbrock

Hace un par de horas irrumpí en la estación Museo Nacional, que aún no se inaugura. En términos más coloquiales, me colé. Pero la historia empieza un poco más atrás. Los impacientes pueden saltar al párrafo estrellado y luego leer los preámbulos.

Tal vez fue en séptimo u octavo grado cuando comencé a leer Viaje al centro de la Tierra. Cuando Axel se perdió, desesperanzado, en las galerías subterráneas previas al encuentro del mar interno, también se perdió, durante una clase de educación física, mi ejemplar de la novela. No la retomé hasta hace unos días; ya me quedan tres capítulos para terminar, y ha sido fascinante. He creído que lo que quiero contar merece que pause por un rato.

La universidad ha estado cerrada ayer y hoy; a falta de clase y porque me levanté temprano a desayunar con Daniel y Santiago (dos grandes amigos míos que se quedaron en casa anoche), decidí hacer lo que llamo un día biblioteca: No toco ningún aparato electrónico; tomo un libro, y eventualmente la lectura me llevara a consultar otro; cada lectura me lleva a una nueva, y sigo la cadena hasta que el sueño me venza o llegue otro compromiso, interrumpiéndome solo para ir al baño y comer. La última vez que lo hice pasé de Canetti a Broch, luego —inevitablemente— a Virgilio, y no recuerdo a qué más cosas. Huelga decir que vivo en una biblioteca.

Antes de levantarme tuve un sueño evidentemente creado bajo el influjo de Verne: me convertía en un aventurero que recorría el mundo en busca de las maravillas que aparecen en los libros, pero no como turista, sino como explorador. Me regocijaba al contemplar unas ruinas mongolas cubiertas de flores rojizas que no sé si existen pero que se veían tal y como las había visto en un libro que jamás he consultado. Todo el día estuve pensando en mi rechazo al turismo, que arruina la aventura; ¿para qué un guía que cuente la historia en su sitio, si existen los libros? Los sitios son para vivirlos.

Hoy comencé —¿o debo decir seguí?— con Viaje al centro de la Tierra, y las lecturas que se desprendieron de allí fueron todas académicas, para aclararme el lenguaje técnico tan preciso del autor. Fueron mencionados el ictiosaurio y el plesiosaurio; del primero encontré sin dificultad una imagen en una enciclopedia temática, que mencionaba al segundo pero no lo mostraba; busqué en vano una lámina en otro libro, u otro libro que pudiera contener una. También me enteré de qué es el fuego de San Telmo. Se habló de los periodos cuaternario y terciario, del plioceno…, y mi ignorancia (o mi olvido) sobre las edades de la Tierra me hizo abrir una revista especial editada por Muy Interesante —que incidentalmente se llama Muy Especial— con el título Historia de la Tierra: Del big bang al origen de la vida en nuestro planeta. Estaba ya influyendo el magma en la conformación de la corteza cuando llego la hora de salir a otro compromiso.

Una amiga, aún ignoro por qué, se acordó de mí al ver cortos de Crimen con vista al mar, una película colombo-española recién estrenada que pinta de buena talla, porque la produce el mismo que produjo El secreto de sus ojos. Habíamos quedado de ir a verla esta noche, a las siete y veinte, y de encontrarnos a las siete; llegué un par de minutos antes. La misma clase de evento que mantiene cerrada mi universidad tenía bloqueadas las vías cercanas a la Universidad Pedagógica Nacional, por donde ella debía pasar para encontrarse conmigo, y en un mensaje de texto me dio a entender que no llegaría. Decidí, en todo caso, sentarme a proseguir con mi lectura. Me encontré por alegre casualidad con Óscar Donato, profesor joven de filosofía en la Universidad Libre que, tras haber sido alumno de mi padre, se convirtió en gran amigo de la familia, como ha sucedido con varias personas; calificó de delito el leer tan placenteramente como lo hacía yo en ese momento.

*A las ocho, luego de un par de capítulos vertiginosos, comencé el regreso a casa, a pie. El camino que tomo atraviesa el Parque Central Bavaria y los barrios Teusaquillo y La Soledad, y por lo tanto es forzoso acercarse al Museo Nacional. La estación de TransMilenio que lleva su nombre y queda frente a él, bajo tierra, no ha sido inaugurada; quise acercarme inocentemente a ver cómo era la parte externa. Encontré la puerta de seguridad entreabierta, bajo ella un espacio de unos cuarenta centímetros por donde cabía perfectamente todo mi cuerpo. Pensé en solo agacharme a mirar. Ante la soledad manifiesta e impelido por el espíritu aventurero de Axel y el profesor Lidenbrock, no dudé de nuevo y me deslicé al interior de la estación.

Estaba desierta. A cada extremo del subterráneo se levanta una bóveda de entrada, y una escalera recta y una rampa circular permiten el descenso; bajé por la escalera sur y recorrí, lento y emocionado, todo el trayecto en línea recta hacia el norte. Me sentía dueño del lugar y dueño de mis recorridos; recordé mi repulsión al turismo dirigido y me dije que ese es el tipo de cosas que quiero hacer, pero en todo el mundo y en los lugares más místicos. Recordé mis excursiones por rincones perdidos de la universidad, en el sótano de la biblioteca (antes y después de la remodelación), en el colegio de noche, en el bosque de biología… Creí ver en el túnel los minerales y formaciones rocosas que Axel y su tío vieron en las entrañas del planeta. Sentí vértigos de sola emoción. Tuve el ligero temor de que la abertura por la que entré fuera cerrada, pero el paso de un bus abrió por accidente las puertas laterales, y junto con el hecho de que había luz eléctrica plena me dije que en cualquier caso podría salir por allí, presionando el botón de apertura de emergencia.

La entrada norte tenía la puerta de seguridad abierta casi del todo y un guardia de seguridad con el acento ‘ñero que suele caracterizarlos la vigilaba. Me vio. Antes de que dijera cualquier cosa, tomé la autoridad a la vez que cedía a lo inevitable y le dije «Sí, ya salgo». Me preguntó que hacía adentro, cómo entré, por dónde; a todo respondí con calma sin dejar de caminar, como si el hombre fuera un transeúnte que me pregunta por el clima o la hora. Me alejé, atravesé el Parque Central Bavaria y los barrios Teusaquillo y La Soledad, y llegué a casa.

Laurita, mi hermana, me acaba de hacer notar la injuria que he cometido. ¡No bailé dentro de la estación!

domingo, 11 de noviembre de 2012

Tri tagoj en Kalio

[Fragmento de mi diario, desde el viernes 2 de noviembre de 2012 hasta el mediodía del lunes 6 de noviembre. Solo el primer día fue escrito en español; lo demás fue escrito en esperanto y aquí presento su traducción (por eso hay partes que suenan poco naturales); la versión original puede encontrarse en mi blog en esperanto.com. El título de esta entrada traduce “Tres días en Cali”.]

Camino al Congreso. Bogotá-Cali, V 2 2012.

En 1887, un médico polaco amante de las lenguas publicó un texto titulado La Unua Libro (que en español significa lo evidente: “el primer libro”). Describía con detalle la gramática y presentaba gran parte del vocabulario de una lengua cuya construcción por fin había terminado, después de años de trabajo y versiones previas. Llamaba a la lengua Lingvo Internacia (“lengua internacional”) y la diseño con la intención de que se convirtiera en la lengua común del planeta Tierra y con suficiente apoyo de amigos y autoridades para iniciar su proyecto. Tradujo la Biblia (qué mejor manera de dar forma a un idioma que imitar a Martín Lutero), tradujo proverbios, inventó otros, hizo poesía e hizo propaganda. El libro fue publicado bajo el pseudónimo que le dio nombre definitivo a la lengua: Doktoro Esperanto.

Guardo con cariño mi primer semestre de universidad, el primer semestre de 2008, por muchas cosas, como Poesía en el Afán, un grupo de lectura que iniciamos René (el de la iniciativa, un amigo que conocí en la Personería y que reapareció hace poco), David Sánchez (que fue convocado por René para el cometido) y yo, y al que se unieron más tarde Hanna, Daniel, Santiago, Baltasar y más personas; nos reuníamos unas dos o tres veces al mes a leer poesía; después contaré la historia, que ahora viene otra cosa. […] Conseguí muy buenos y nuevos amigos, comencé la carrera; fue un cambio de vida muy agradable.

Ese semestre también aprendí esperanto. Lo había visto y hasta explorado un poco gracias a la lista de idiomas de Wikipedia. Un día resolvía una sopa de letras sobre lenguas del mundo, apareció el esperanto y me dio por averiguar. Cuatro días después lo hablaba con fluidez respetable. Ahora soy un experto, traductor de poesía y reconocido entre la comunidad hablante de esperanto del país. Mi blog tiene un artículo con toda mi historia inicial al respecto. Este año, del 3 al 5 de noviembre, se llevó a cabo el XVIII Congreso Colombiano de Esperanto (18-a Kolombia Kongreso de Esperanto) en Cali, capital del Valle del Cauca.

Había hablado con Lina y estaba decidido que dormiría en su casa. Mi teléfono estaba muerto; Laurita me iba a prestar el suyo, pero recordó que lo necesitaba; en fin, viajé incomunicado y sin reloj. El viaje en bus —porque no reaccioné a tiempo para comprar pasajes de avión baratos— dura normalmente nueve horas. Tomé TransMilenio hasta la Terminal de Transportes del Sur, donde conseguí por cuarenta mil pesos (quince mil pesos menos de lo que tenía presupuestado) un pasaje para salir a las doce y media.

[…] Me bajé en Armenia, a las ocho y media de la noche, a llamar a Lina; le comenté de mi posición y le dije que si llegaba muy tarde no la haría arriesgarse y me quedaría en un hotel, solo esa noche. […].

A las cero horas veinte minutos del 3 de noviembre vi la hora en un teléfono de la Terminal de Transportes de Cali, que usé sin éxito para llamar a Lina. Un taxista me llevó a un hotel cercano y barato en el que me dieron una habitación con lo necesario: una cama y un baño con ducha y con agua. Incluso, había un televisor. Dos dibujos de mujeres desnudas, uno en el baño y otro en la cabecera de la cama, hacían evidente que antes fue un motel. Pasé canales un poco antes de dormir; el canal número tres presentaba Tom & Jerry, y el canal número dos era el famoso Venus. No me gusta el porno, lo detesto; me quedé viendo Tom & Jerry. El cine erótico, sin embargo, me gusta mucho. La cuestión es que el porno no tiene una sola pizca de trabajo artístico, no hay línea narrativa, no hay estudio fotográfico, y no hay pasión ni afecto; es solo gente tirando como le salga. Alguna vez leí que ver una película pornográfica al revés es lo mismo que verla al derecho; y no precisamente porque sea todo un canon de Bach. No es como una escena de pasión y tomas sensuales lograda bajo un arco argumental, por malo que sea.

Por razones obvias, los tres días siguientes serán consignados en esperanto.

* * *

Caminata por media Cali. Cali, S 3 2012.

Con mi teléfono completamente muerto, no llevaba reloj, así que decidí levantarme en cuanto viera luz entrando por la ventanita de la habitación. Así fue; me levanté, me bañé y me vestí; cuando entregué las llaves de la habitación, la encargada me respondió que eran las seis y media de la mañana; más temprano de lo que pensé; demasiado temprano. Mi hipotiroidismo me obligó a buscar agua para tomarme mi medicamento y a esperar al menos media hora antes de desayunar. […] Como no tenía la dirección del lugar del congreso, busqué de inmediato un puesto de internet. […] El sitio no estaba cerca de mi posición, pero decidí esto: aún tenía una hora antes de que comenzara el evento (a las diez de la mañana), así que no tomaría un vehículo, sino que caminaría hacia allá y, cuando llegara la hora, tomaría un taxi, ya más barato desde más cerca. […].

Caminé por la venida del río hasta que vi un parque bonito; en ese sitio la nomenclatura me confundió, pero al fin tomé la dirección correcta. Le pregunté a un policía por dónde podía llegar a mi destino; siempre pasa igual: le pides indicaciones a un policía y es el compañero el que sabe y responde. Yo estaba en la punta de la Avenida Quinta, importante en Cali, y siguiéndola estaría cada vez más cerca. Permanecí buscando relojes en las paredes de las tiendas, sin éxito.

En todas las ciudades colombianas, las direcciones están organizadas con un sistema cartesiano: la fundación de la ciudad genera dos grupos de calles paraleas, las que van de sur a norte y las que van de oriente a occidente. A unas se les llama “calles” y a las otras, “carreras”. En Cali, las calles (por lo general) van de sur a norte (a diferencia de Bogotá, por ejemplo). La Avenida Quinta es una calle. Recordaba mal la dirección del colegio: era en la carrera 37A con calle 8, pero en mi mente aparecía 31 con 8A, así que caminé por la 32 hacia el oriente; gracias a eso conocí por fuera el estadio municipal Pascual Guerrero. La hora, que por fin logré ver, era 9:42. Pronto dudé de mi certeza respecto de la dirección, y tras revisar retomé el camino correcto. A las diez de la mañana casi exactamente (de hecho, unos cuantos minutos antes) alcancé mi destino, gratis, habiendo caminado (solo exagero un poco) la mitad de la ciudad. Es una ciudad muy bonita, con muchas zonas verdes, buenas calles, un clima muy agradable (a veces muy caliente, pero hoy no). A esa hora, un sábado en la mañana, había pocas personas y carros en las calles.

Estaban colgando el pendón del congreso cuando pregunté si era allí; y allí era. Saludé a los gemelos Iván y Juan, que tendrán importancia en esta historia y ya la tienen en el movimiento esperantista. Cantamos el himno nacional y el himno del esperanto. Presentaron un documental corto sobre el esperanto hecho por un estadounidense. Hay algo que siempre pasa cuando se trata de esperanto: se habla sobre todo de la lengua misma, como veréis que sucederá durante este congreso. Por fortuna, hubo varios encuentros externos para hablar de nuestras vidas.

Durante el primer día de congreso se habló de los exámenes del cuadro de referencia europeo para las lenguas, que fueron presentados por seis personas en Cali este año; tal vez yo lo presente el próximo año. Se hizo una presentación sobre las clases de esperanto en un colegio de Cali. Un asistente de Bogotá habló de sus viajes y recibimientos en casa debidos al esperanto. Libardo Mejía, anciano y eminente esperantista, leyó una traducción preciosa del poema If… (Se…, se titula la traducción) de Rudyard Kipling.

Acepté la oferta de Luis Felipe de quedarme en su casa; él vive con su novia Mayra cerca del lugar del congreso. Tras dejar mis maletas en su casa, fuimos a comer y conversar con los demás asistentes. Llamé a Lina, y quedamos en que dormiría en su casa mañana; a Alejandra, para habar con ella antes de que viajara a México y desearle éxitos allá, y a mi mamá (que también viajó este fin de semana) para informarle de mi bienestar, éxito y diversión. Luego Luis Felipe, Mayra y yo fuimos a un bar grande y bonito en Paso Ancho, en la carrera 66, y allí tomamos cerveza negra y hablamos de nuestras vidas (ya en español); sonaba rock, y los muros estaban llenos de imágenes roqueras, bicicletas y motocicletas de verdad.

* * *

Monoides y paseos. Cali, D 4 2012.

Cuando Iván publicó el programa del congreso, había dos espacios libres para pedir ponencia; pedí uno entusiasmado, aún sin decidir sobre qué expondría. Tenía algunas opciones: leer poesía, mostrar mi traducción al español del primer capítulo de La Infana Raso, y otras ideas a medio armar. Alejandra me propuso que reseñara un libro; me pareció una excelente idea y pensé en The Left Hand of Darkness. Mi propuesta principal era presentar algunos aspectos de la gramática del esperanto por medio de la teoría de categorías, una importante y novísima rama de la matemática. Pero, pensé luego de un tiempo, eso sería presentar algo conocido por medio de algo desconocido, ¡y eso no tiene sentido! La forma natural es la contraria: presentar algo desconocido por medio de algo conocido. Así que invertí el enfoque de mi primera propuesta, y vi que estaba bien. Y fue la tarde  y la mañana el segundo día.

De hecho, sí. La primera ponencia del segundo día era la mía, Luego de alguna demora finalmente comenzamos. Lo que hice específicamente fue presentar la fonética del esperanto como un isomorfismo perfecto de monoides; con ejemplos y palabras más sencillas, hice esto: sea el conjunto de todas las letras del esperanto, y el conjunto de todos los fonemas del esperanto; * y * son, respectivamente, los monoides libres no abelianos generados por y , o sea, el conjunto de todas las sucesiones finitas (palabras) formadas por elementos de cada uno de ellos. Sea f la función que transforma cada letra en su respectivo fonema; f es biyectiva y respeta la concatenación de palabras, luego es un isomorfismo entre dos monoides. Luis Jorge Santos, con seguridad el esperantista de Colombia, habló de otros fenómenos fonéticos luego de mi ponencia.

Ya dije que supe del esperanto gracias a Wikipedia. Bueno, eso es porque la versión de Wikipedia en esperanto es grande y buena. La siguiente ponencia, de Iván, habló de Wikipedia en general, y de la versión en esperanto en particular.

Llegó la Tarde Artística (Arta Vespero). Por lo general, “tarde artística” en los congresos significa que no hay nada oficialmente programado, pero varias personas tienen algo listo, que puede ser una canción, un poema, una obra teatral u otra cosa. Esta vez la tarde artística estaba organizada en el programa: Primero, Luis Jorge habló sobre la diferencia entre arte y ciencia; dijo que, mientras el arte se trata de disciplina y repetición (así que el deporte es arte y en su mayor parte el aprendizaje de lenguas también), la ciencia se tarta de analizar (así que el aprendizaje de lenguas también es en parte una ciencia); dio un consejo para aprender lenguas: memorice frases. Yo memorizo poemas, y vaya que funciona. Segundo, hubo un agradable espectáculo de magia.

Tercero, hubo un concurso de traducción de poemas. Mercedes Mejía, una de las asistentes, también es poeta; el concurso consistía en traducir uno de los poemas de su autoría que se nos ofrecían, todos en español. Me parecieron lindos, aunque siempre prefiero la poesía con rima y métrica. Elegí un poema titulado Ganas de vivir, e intenté que la versión en esperanto rimara. Los jurados nos pidieron a dos participantes, Antonio Trujillo y yo, que declamáramos nuestras respectivas versiones para decidir al ganador definitivo. Fui yo, y recibimos como premio sendos libros de Mercedes, lindísimos.

Yo había anunciado que tenía una sorpresa para todos: decidí no hacer de mi traducción de La Infana Raso mi ponencia porque esa es cosa de tarde artística. Así que les presenté La raza infantil, el primer capítulo. Dijeron entonces que mi victoria en el concurso era trampa, que yo era un profesional. Luis Jorge, que fue amigo de William Auld, el autor del poema original, me dijo que hice lo que hicieron los traductores de Cien años de soledad: mejorar la obra. Yo no lo creo así. Tengo varias razones para haber decidido aprender esperanto, pero si me piden que diga una sola de ellas, declamo este fragmento del poema:

Ho, kara mia,
jen povra testamento,
jen mia kredo,
espero kaj tormento:
mi kredas pri la
bonvolo de l’ homaro,
ke iam pasos
kruelo kaj amaro,
ke iam venos
la regno de l’ racio;
sed multaj larmoj
necesos antaŭ tio.

Luego digo: «Una lengua capaz de crear poesía como esta merece sin duda ser aprendida.» Ahora, solo he traducido el primer capítulo, y este fragmento pertenece al vigésimo quinto. Ya le tengo uno que otro borrador, pero nada definitivo.

El plan de la noche era recorrer el barrio histórico San Antonio, donde viven los gemelos. Allí vimos la pequeña iglesia de San Antonio, y vimos la ciudad desde lo alto. Nos recostamos sobre el césped a hablar de todo. (Llamé a Lina persistentemente, pero nunca me respondió.) Cuando solo los jóvenes quedamos, Iván dijo que tenía una baraja de póquer incompleta en casa; y yo conozco un juego para beber que se puede jugar con una baraja incompleta, ¿no? El juego de la vida y la muerte. Así que compramos dos botellas de aguardiente que duraron —y embriagaron— hasta las dos de la madrugada.

* * *

Cali-Bogotá, L 5 2012.

[…]

María, la novela que hizo famoso a Jorge Isaacs, está siendo traducida al esperanto por Andrés Turrisi; Juan y Mercedes presentaron el décimo quinto capítulo: por párrafos, ella leía la versión original en español, y luego él leía la traducción. Luis Jorge habló sobre la belleza del aparato fonador humano; ya hace tres años escuché esa conferencia, bella y entusiasta. Luis Felipe y Mayra tienen un perro, Sparkie, y le enseñan a seguir instrucciones en esperanto; Luis Felipe, causando sorpresa y gozo, hizo la demostración. El mismo mostró el borrador de un programa de computador que está haciendo, que produce crucigramas. Con el almuerzo en grupo acabó mi aventura de esta ocasión en el mundo del esperanto.

martes, 14 de febrero de 2012

Catorce

Es increíble cómo dejo borradores acumulados y publico textos escritos de un tirón. Pero la universidad me tenía ocupado, luego las vacaciones me tenían ocupado, las lecturas me mantienen ocupado, estoy saliendo con una chica que me mantiene ocupado… Sobre todo es pereza, y exceso de facilidad para la distracción.

Basta con leer el soneto que hay al final para tener el núcleo del artículo. La primera sección presume de una lectura que estoy haciendo, y la segunda profundiza algunas pistas sobre el soneto, y explica cómo llegué a él.

 

Esbozo del sueño de Borges

Debo presumir: estoy leyendo con juicio Gödel, Escher, Bach: an Eternal Golden Braid, el famoso libro de Douglas R. Hofstadter del que no se pude decir de qué habla porque habla de todo. Debo presumir aún más: aunque me doy cuenta de que es un libro difícil de leer, no me lo ha parecido tanto; requiere ciertos conocimientos básicos de matemática, música, lógica, computación, lingüística, literatura y otras tantas cosas; requiere un gusto, incluso una pasión, por los juegos de lenguaje y los prodigios estructurales de la naturaleza; es como si lo hubieran escrito para mí; siento que he sido criado para leerlo (sonaría más exacto en inglés: I think I have been raised to read it).

Por el lado editorial, he de decir que tengo la edición de Vintage Books en el original inglés publicada en Nueva York en 1980. Que la primera publicación fue hecha el año anterior por Basic Books, allá mismo. Que el libro ganó un premio Pulitzer. Y que tengo una edición en español de Tusquets Editores impresa en Barcelona en 1987 en traducción de Mario Usabiaga y Alejandro López Rousseau que consulto de vez en cuando. También hay que agregar que se trata de un libro intraducible.

En cuanto al contenido cometeré el pecado de decir pocas cosas. Cada uno de los veinte capítulos va precedido por un «diálogo entre Aquiles y la Tortuga»; ellos dos, y a veces más personajes, resultan envueltos en situaciones o conversaciones que van dando a entender el contenido filosófico del capítulo que viene; incluso, la forma misma del diálogo es a menudo reflejo de su contenido, como en el divertido Crab Canon, en el que hablan de una obra de Bach y una de Escher que son iguales cuando se interpretan en sentido contrario; lo mismo sucede con el diálogo mismo. El autor confiesa que su intención es acercarse poco a poco a conceptos complejos que permitan describir al menos algunas características formales del pensamiento humano. Lo hace aprovechando los derroches de inteligencia en que consisten los trabajos de Gödel, Escher y Bach. El texto toca tantos temas que podría ser el primer esbozo del Libro Total con el que soñaba Borges.

Hay otro diálogo en el que forma un acróstico que es a su vez un acróstico. Hay otro en el que juega con los nombres de Bach y Cage, para mostrar unas relaciones musicales. Enfatizo en los juegos de palabras porque, como dije, lo de que estoy leyendo a Hofstadter es para presumir (y, desde luego, para recomendar: ¡leedlo!). En realidad quiero hablar es de unos juegos de lenguaje hechos por Edgar Allan Poe.

 

Superar la mala suerte

Me gustaría decir que no tengo nada de supersticioso, pero debo admitir que acostumbro confiar más en las personas que cumplen en la segunda mitad del año, o en mayo o en enero; es un prejuicio del que deseo deshacerme. En todo caso, me gusta jugar a que soy supersticioso: me visto de verde los viernes que van después de un jueves 12, no paso bajo escaleras, nunca abro un paraguas bajo techo y evito a toda costa el número que sigue al doce. Pero no es en serio, lo juro. Por ejemplo, me gustan mucho los gatos, y me encanta cuando me cruzo con alguno en la calle, sin importar el color.

Si el número que sigue al doce es de mala suerte, el que sigue es el que marca la superación de la mala suerte. Me encanta el número 14, por lo bonito que suena en español, porque suena a buena suerte, porque es el número de versos de un soneto. Sí, por eso último. Poe, un tipo que prefería cruzarse con gatos negros, escribió una vez un soneto que parecía no tener mayor sentido:
An Enigma
"Seldom we find," says Solomon Don Dunce,
"Half an idea in the profoundest sonnet.
Through all the flimsy things we see at once
As easily as through a Naples bonnet-
Trash of all trash!- how can a lady don it?
Yet heavier far than your Petrarchan stuff-
Owl-downy nonsense that the faintest puff
Twirls into trunk-paper the while you con it."
And, veritably, Sol is right enough.
The general tuckermanities are arrant
Bubbles- ephemeral and so transparent-
But this is, now- you may depend upon it-
Stable, opaque, immortal- all by dint
Of the dear names that he concealed within 't.
En realidad, el único verso que importa realmente es el último. Pero todos los versos tienen una parte indispensable. Poe jugó el mismo truco en otra ocasión, usando veinte versos agrupados en cuartetas consonantes del tipo ABAB: era una carta de San Valentín, que se celebra hoy en los países en los que se celebra. No dijo para quién era, pero lo dijo.

Yo me copié, como siempre; tengo la pasión por los juegos de lenguaje avivada por el texto de Hofstadter. Sin referencia alguna al pop sueco, escribí un soneto endecasílabo bajo la clásica forma ABBA-CDDC-EFG-EFG, que titulé Enigma de San Valentín. El texto no parece tener mucho sentido, y puede llegar a sonar poco armonioso, pero la estructura es perfecta a fuerza de sinéresis y sinalefas, y me jacto de haber logrado el truco.

 

Enigma de San Valentín

Medita Edgar Poe en su recinto;
calibra las palabras, las provoca,
para un par de poesías donde invoca
aquí al Rey Salomón, en otra a Pinto.
Buscadlas y encontrad el truco oculto
que un Allan dedicaba a dos amadas.
Mirad el descender de las cascadas:
decir que caen recto es un insulto.
La cuenta junta sílabas: son once
las letras al sumar los apellidos,
que dicen: «renacido de los muertos».
Enigma, un prodigio escrito en bronce,
y Valentín habrán de ser leídos.
«¡Es ella!», vociferan los expertos.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Prólogo para una historia en la montaña

Esto lo publico como una promesa. La grabación ya está hecha y ya comencé a transcribir. Se trata del prólogo a un cuento que soñé. Y no le voy a hacer más prólogo a un prólogo.


Es evidente que en este cuento, basado en un sueño tenido el 3 de agosto de 2011 en algún lapso entre las dos y las cinco de la mañana, hay influencia de muchas historias que he seguido recientemente. Específicamente he logrado identificar: El Señor de las moscas de William Golding; el tercer capítulo de Lie to Me; el cuento La isla de Proteo de Stanley G. Weinbaum; el famoso retrato de Ernest Hemingway; los white walkers y otros escenarios de la serie Game of Thrones; los adelantos del capítulo de CSI New York que se estrena la semana correspondiente a la fecha referida arriba; la película El club de la pelea; escenas de la película La loba de las S.S.; la reciente afición de mi hermano Manuel por la serie de películas Saw; la película Wanted y sobre todo lo leído a su respecto; varios sueños anteriores, todos de hace bastante tiempo pero releídos o vueltos a escuchar en grabación hace poco, o similares a los leídos y escuchados: aquel en el que de repente los seres humanos podemos, todos, volar (transcrito en otro documento); el de la mujer blanca que se salva de morir en la guerra porque hace pasar a un niño negro por su hijo y luego lo cría en las montañas (transcrito en otro documento); aquel de ciudades pequeñas en una montaña, una de las cuales es sagrada y habitada y custodiada por amerindios del norte; varios más que se desarrollan volando o corriendo o buceando o cayendo entre valles y montañas y ríos (hermosos y emocionantes todos). Estas y otras referencias han contribuido a construir tanto la trama, tan perfectamente entretejida, como los escenarios, tan hermosos.
También destaco el hecho de que el sueño fue lo suficientemente lúcido para permitirme la consciencia de que se trataba de un sueño y lo suficientemente opaco para permitirme intervenir únicamente con el esfuerzo de voluntad para que concluyera por sí solo. En cuanto desperté, cerca de las cinco, lamenté que Ligia, mi grabadora de voz, tuviera las baterías descargadas, y no tardé en pedirle a mi mamá que me prestara la suya con actitud afanosa y emocionada.
A pesar de que el sueño, cuando sucedió, parecía tener todas las piezas encajadas, me he visto en la necesidad de cambiar unas cuantas relaciones entre personajes, y añadir unos cuantos sucesos (pequeños y explicativos, como el reporte del sobrino de Horacio o la función del diamante) y unos diálogos que explican por medio de los culpables del misterio que envuelve la historia lo que en el sueño entendí atando cabos.
Horacio Escarte es un nombre que le puse después al personaje que lo lleva; en la versión del sueño llevaba un nombre en inglés que fui incapaz de recordar. Lo sucedido en casa de Horacio con respecto a la televisión no es relevante para el cuento; es más, no estoy seguro siquiera de si sucedió en ese momento o en un sueño inmediatamente anterior. Lo incluyo, en todo caso, para ponerle un poco más de morbo al relato. También la aparición del nombre de Cristóbal Colón es irrelevante, pero me pareció una curiosidad mencionable, y quería conservar todo lo posible y consecuente del sueño original.
El cuento está dividido en cinco secciones y podría bien terminar en cuanto termina la cuarta; hecho así, el final es más escueto, abrupto, misterioso, incluso abierto. Sin embargo, en el sueño, aunque sentí que ahí sucedía el desenlace crucial, hubo escenas adicionales; la quinta sección las contiene en una especie de final alternativo (que no es tanto alternativo como definitivo, porque sucede cronológicamente después de la cuarta sección y concluye más cosas) que trae una abrupción de otra naturaleza y unas breves tramas de más. El lector, si así lo desea, puede llegar hasta la cuarta sección y jamás leer lo que sigue, o leerlo tiempo después. En rigor, el lector, si así lo desea, puede no leer más a partir de ahora. Yo lo invito a seguir.

miércoles, 22 de junio de 2011

La asunción del ateísmo

La última sección es el núcleo de este artículo: presenta mi postura respecto de la existencia de Dios; en ella digo por qué digo que soy ateo. La primera sección es perfectamente omisible; es, como suelen ser mis primeras secciones, una presentación de algo que no tiene relación alguna con el tema central pero de alguna forma converge a él; en este caso, presento a un vecino (como rescatando la idea original de los weblogs). Luego vienen dos secciones que presentan unos apartados interesantes sobre teología, epistemología y lógica matemática, y dan sustento a la parte fundamental.

 

Un hombre tardíamente curioso

Vivo en un noveno piso, en un apartamento 802, y el vecino del 801, cuyo número de cédula tiene cinco dígitos, es un hombre curioso que de vez en cuando me invita a almorzar al centro para charlar de cosas varias. Me da la impresión de que su curiosidad empezó muy tarde. Es abogado. No tiene una pizca de elegancia para comer. Considero de buen augurio cuando sus calcetines juegan con su pantalón. Se deja crecer el pelo de un lado para peinárselo hacia el otro sobre la calva. Es religiosamente ateo: de la misma forma en que mi abuela repite frases evangélicas y tiene el alma llena de fervor cristiano, así él repite consignas marxistas y tiene los bolsillos llenos de apuntes contra Dios. (He de aclarar: no es marxista, ni nada parecido.) Cada vez que estamos charlando juntos con él, mi padre y yo nos miramos con picardía, preguntándonos cómo es que fue profesor universitario durante tantos años.

Hace preguntas de esas de las que la educación superior te inhibe cuando joven, porque si nadie las ha respondido luego de tantos años y tantos libros, un par de sujetos corrientes como mi padre y yo no podrán responderlas en una hora de visita, así haya más de cinco mil libros alrededor. Cosas como: «Y bueno, ¿cómo es esa vaina de los átomos? ¿Eso qué es?» Comprensivo como ateo sin dogma y paciente como maestro de toda la vida, mi padre se toma el tiempo de contarle lo que sabe sobre el tema, siempre con las respectivas referencias históricas y construcciones intelectuales. Saca un par de libros, lee unos fragmentos, hace memoria…

También gusta de preguntar por opiniones personales: «¿Qué piensas tú de la cosa esa de los curas pederastas?» Escucha atento lo que se le dice, pero siempre, en medio de la respuesta, como si jamás la hubiera esperado de verdad, aprovecha alguna idea mencionada para inquirir sobre otro tema. Entonces hay que decidir si continuar con la respuesta truncada y arriesgarse a que se acumulen más preguntas, o abandonar el discurso interrumpido (sobre el que, tal vez, volverá a preguntar luego) y atender el nuevo cuestionamiento. Varios amigos de la familia han sido víctimas de sus entrevistas, cuya forma pueril nos saca sonrisas, y nos entrena para las clases que vendrán.

Si no estoy equivocado, fue él quien un día formuló una pregunta cuya larga respuesta es resumida en la siguiente sección. Si no fue él, espero no haber perdido mi tiempo presentándolo; en todo caso, creo que resulta un personaje divertido.

 

La prueba de Dios

No recuerdo cuál fue exactamente la pregunta, pero la respuesta llevaba a contar la historia de la búsqueda de la prueba de la existencia de Dios (es en momentos como este cuando deseo que el español tenga caso genitivo). Hágale usted a mi padre cualquier pregunta sobre historia de la filosofía, y desde presócrates hasta el siglo XX va enlazando teoría tras teoría, paradigma tras paradigma, con todo detalle.

El primer momento de la historia de la búsqueda de… (eso) es, desde luego, la prueba de Aristóteles por medio de la Causa Primera. Una cosa prácticamente indiscutible, si no se percibe la petición de principio, que fue afianzada más tarde por Santo Tomás de Aquino. La cosa es sencilla: todo lo que se mueve, se mueve porque algo lo mueve. Pero no puede ser que haya una cadena infinita de causas motoras; necesariamente hay una que se mueve por sí misma y da el primer empuje a las cadenas. A esa cosa que se mueve sola la llamamos Dios. No sobra recordar que para Aristóteles el significado de movimiento va más allá de un asunto espacial.

También está la prueba de San Anselmo de Canterbury. Después de definir a Dios como «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», supone que exista sólo en el pensamiento y no en la realidad. Pero una cosa que existe en el pensamiento y en la realidad es claramente mayor que una que solo existe en el pensamiento, luego Dios, como solo pensamiento, no sería «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», y por lo tanto también existe en la realidad. No es difícil ver los problemas formales de definición que tiene esta prueba.

Luego viene la prueba de Descartes, hermosa pero llena de críticas. Intento dudar de todo lo que pueda y descubro que, puesto que dudo, no puedo dudar de mí mismo. Luego yo existo, al menos como una cosa que piensa. Para existir necesito provenir de algo mayor o igual que yo y que cualquier individuo que yo pueda llegar a ser. Si puedo llegar a ser sumamente bueno, o tener todas las cualidades en grado muy alto, aquello de lo que provengo ha de tener todas las cualidades en un grado más alto todavía, uno máximo, infinito. A esa cosa que acoge todas las cualidades en su máxima expresión, y que existe porque yo existo y pienso y cambio, la llamo Dios.

Hay varias otras. (Y a pesar de estos hermosos argumentos para afirmar que Dios existe, la gente utiliza la Biblia. Sí, es un gran texto, pero apoyo el trino de Alberto Montt: "Querer demostrar la existencia de Dios citando la Biblia es como probar la de Supermán con un cómic.")

 

Actos de fe

En todo caso, ninguna de esas pruebas me convence. Sobre todo porque, saliendo de los discursos teológicos, hay otros textos que se han metido con mis convicciones sobre lo existente. Y más que sobre las convicciones mismas, se han metido con la forma de esas convicciones.

Durante el primer semestre de 2010 tuve bastante relación con la epistemología de la ciencia. Por un lado, inscribí un curso llamado Epistemología de las Ciencias Naturales. Por otro, fui monitor de un curso llamado Metodología de la Investigación I, que en su primera parte trataba el tema. Y por otros lados me llegó más información. Luego de Bacon y Descartes venían Berkeley y Hume. En suma, sus discursos me hicieron rondar la idea de que nunca podemos estar seguros de cuál es la “verdadera realidad”. Y respecto de esto hay un cuento muy bonito, Las gafas de Pigamalión, escrito por un señor gringo Stanley con el insensato y sibarita apellido Weinbaum (árbol de vino).

Y si el discurso filosófico no es suficiente; si los textos de Berkeley, Hume y otros resultan demasiado etéreos en términos de rigor lingüístico, no os preocupéis: existe la prueba formal. Un señor llamado Kurt Gödel, que tenía una creatividad tan grande e impactante como los labios de Carlos Ariel Sánchez, demostró matemáticamente lo que se puede resumir en esta frase: Toda teoría es un acto de fe.

En realidad, la cosa es un poco más complicada, pero no mucho. Si un sistema puede “entender” los números naturales (0, 1, 2, 3,…), entonces existe algo que ese sistema no puede probar ni refutar. Más interesante todavía: si tal sistema es consistente, es decir, si no se contradice, entonces no puede probar su propia consistencia; no puede probar que no se contradice. Lo que nos deja con el sinsabor de desconocer si la teoría con la que estamos trabajando se contradice o no: si no lo hace, no podemos verificarlo. Y, por supuesto, si podemos verificarlo, entonces sí se contradice.

En el párrafo anterior podemos entender sistema de muchas formas: como teoría científica, como corriente filosófica, como ideología e, incluso, como religión. El caso es que pueda en ella entenderse el conjunto de los números naturales. O sea que es cosa de fe creer si Dios existe o no (toda religión comporta cronología, luego entiende los números naturales). Pero lo es también creer en el big bang, o en la química cuántica. O en cualquier ideología política, como es ben sabido.

 

La asunción

En resumen, considero que cualquier creencia religiosa es indemostrable: eso es lo que se llama agnosticismo, y yo, en rigor, vengo siendo agnóstico. Entonces se me presentan tres opciones: a) dejar así, como un agnóstico en todo el sentido de la palabra; b) asumir que Dios existe y vivir en concordancia con ello, o c) asumir que Dios no existe y vivir en concordancia con ello. Son tres las razones principales por las cuales me siento más cómodo con la tercera opción, y digo que soy ateo:

1. Esta es la razón más débil de todas, porque personajes como Stalin y Mao son grandes contraargumentos. Además, es la más clichesuda y señoritera de todas las justificaciones para el ateísmo. Se trata, cómo no, de la cantidad de guerras, masacres, desastres y persecuciones debidas al fanatismo religioso de muchos. Lo de siempre: las cruzadas, la inquisición, el terrorismo de Al Qaeda…

A esto le añado el hecho de que Dios, de existir, sería un tipo de lo más cruel e injusto, como lo muestran la pobreza y el hambre de más de un montón de gente. Son razones como las que aduce el señor Dross, que a punta de fanatismo ateo ha ganado seguidores, y detractores, cómo no. Pero Dross falla en su tesis: dice que tales actos prueban la inexistencia de Dios. Y eso no tiene sentido.

2. Hay decisiones grandes que se toman para, con base en ellas, tomar decisiones futuras. Yo decidí que las buenas decisiones de esa clase son las que permiten liberar a las decisiones futuras de la mayor cantidad posible de condicionamientos. Y, claro, si decido que no hay un juez supremo que sopese mis acciones, entonces soy más libre de decidir.

3. Supongamos que tomara la opción b y asumiera que Dios sí existe. Entonces, tendría que escoger cuál es el dios que existe: ¿b1) Alá, b2) Yahvé, b3) Baal? ¿Por qué sólo uno? ¿Por qué no dos, tres, siete, b4) el panteón griego, b5) el escandinavo? ¿Por qué no b6) el animismo, y que cada cosa existente sea un dios? Ante esta ramificación infinita prefiero no complicarme. Para asumir un dios hay que decidir cuál. Negarlos a todos es más práctico. Y la historia de cada uno de ellos me parece tan rebuscada como la de cualquier otro. ¿O qué es menos fantástico, un tipo que hace diluvios y castiga con plagas e infanticidio masivo, o uno que lanza rayos y castiga con cargar una piedra eternamente? (El segundo es, al menos, más pedagógico.)

Entiendo que otras personas se sientan más cómodas asumiendo que existe algún dios, para sentirse protegidas, acompañadas o por algún otro motivo. Yo, que conservo otros amigos imaginarios y tengo varios reales, no siento esa necesidad.

En todo caso, hay muchas religiones y creencias ateas, como el budismo, tan puro, o la ciencia, tan contradictoria. Entre ellas también hay que elegir alguna. Que me incline por la segunda puede ser un simple asunto de moda (!).

 

Bibliografía

  • Santo TOMÁS de Aquino. Suma contra los gentiles. Editorial Porrúa S. A. México D. F., 1991. Traducción por Carlos Ignacio González, S. J.
  • San ANSELMO. Proslogión. Ediciones Orbis S. A. Buenos Aires, 1984. Traducción del latín por Manuel Fuentes Benot.
  • DESCARTES, René. Discurso del método. Grupo Editorial Norma. Bogotá, 1992. Traducción del latín por Jorge Aurelio Díaz A.
  • HUME, David. Investigación sobre el entendimiento humano. Grupo Editorial Norma. Bogotá, 1995. Traducción del inglés por Magdalena Holguín.
  • (No logro precisar el texto de Berkeley. Creo que es el Tratado sobre los principios del entendimiento humano. De hecho, parece la única opción. Pero, insisto, no logro precisarlo, ni lo voy a releer a estas alturas del artículo.)

martes, 10 de mayo de 2011

Rareza de rarezas

Las tiendas

Cierto jueves (8 de julio de 2010, lo recuerdo bien) iba yo caminando hacia el centro de Bogotá, subiendo por la avenida calle 19. A la altura de la carrera 15 ó 16, encontré el almacén más extraño que he visto: no vendían nada. Sin embargo, estaba abierto, exhibido, como si esperara la llegada de cualquier cliente; y era grande, bastante grande. Sucedió de esta forma: Iba yo, desde luego, de occidente a oriente, y de repente vi a mi derecha una fachada de portones de vidrio, puertas corredizas abiertas, tras la cual se veía un mostrador; era uno de esos mostradores de tienda cuyo diseño favorece confusiones: vidrio por ambos lados, cerrado al frente, puertecillas deslizantes atrás y el diálogo:

—Yo quiero de estas galletas.

—¿De cuáles?

—Éstas, las que están aquí —el cliente las indica golpeando con un dedo el vidrio que de ellas lo separa. Entonces el vendedor se ve en un dilema. Si se asoma por encima del mostrador para intentar ver qué galletas golpea el cliente, va a parecer una persona tosca y de mal gusto; pero si no se asoma e intenta adivinar por el sonido, o por la distribución, o por el tipo de vibraciones que se producen en el escaparate, muy probablemente tendrá que hacer varios intentos, mostrándose como un desconocedor de su negocio. Al fin resuelve:

—¿Cómo se llaman?

—Ay, no sé, la etiqueta está del otro lado —«¡Carajo!», piensa el vendedor. Y de alguna forma termina resolviéndose el problema.

—¿Éstas?

—No, más a la derecha… Ay, perdón, a la izquierda… Sí, ésas. Gracias.

Este mostrador que vi escapaba de esos problemas. Estaba vacío. Me extrañé, pero noté que el almacén era más grande; entonces observé la siguiente vitrina. También estaba vacía. Enfoqué, para ahorrarme pasos, un plano general. El almacén era realmente grande, y tenía, ordenadas en filitas y columnas en toda su extensión, con pasillos intermedios para el tránsito, por lo menos unas cuarenta vitrinas de diversas formas y colores. ¡Pero todas estaban vacías! Es la tienda más rara que he visto…

Y mi hermana menor me cuenta que una vez vio otra tienda en la que no vendían nada. Había un montón de maniquíes, todos desnudos. Algo pasa con el comercio en este país…

El libro

Y si estas dos tercas tiendas no son suficientemente extrañas, veamos qué sucede con esta otra anécdota, que ya no tiene que ver conmigo ni con mi familia. Tiene que ver, digamos, con las bocas de los tuáregs (un pueblo nómada africano, según Google); y si es incómodo en occidente que las musulmanas tengan que taparse la cara, he aquí la contraparte:
«397. Los tuáregs (…) consideran tabú la boca, pero solo la de los hombres. De ahí el velo, el litham, que éstos llevan siempre delante de la boca y que no se quitan ni aun para comer en presencia de su esposa.»
¿Y qué tal esta inverosimilitud, que muestra que además de estancar a la física por siglos, muchas otras cosas se pueden lograr con el solo renombre?:
«1108. Aristóteles, uno de los grandes sabios que han existido, afirmaba que la mosca doméstica común tiene cuatro patas. Este hecho, de por sí, carece de importancia, pero la afirmación de Aristóteles fue repitiéndose libro tras libro hasta mediados del siglo pasado [s. XVIII], a pesar de lo fácil que es para cualquiera comprobar que dicha mosca tiene seis patas.»
Un día, organizando libros en la sala, más específicamente la sección de diccionarios, mi padre me mostró un libro del que yo nunca me había percatado: el Diccionario ilustrado de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades (DRIC), que es, en sí mismo, toda una rareza, una inverosimilitud y, sobre todo, toda una curiosidad.

Ese mismo día lo ojeé divertido un rato. Desde entonces, lo saco y lo miro de vez en cuando. Sobre todo cuando quiero buscar algo corto e interesante para este artículo, que está en proyecto desde hace mucho tiempo. Ahora mismo lo tengo abierto sobre el escritorio, y tras la infructuosa búsqueda de un colofón, me dispongo a dar sus referencias:

La recopilación de datos, su organización y su redacción en estilo decimonónico tardío fueron labor de Vicente Vega. Debajo de “Editorial Gustavo Gili, S. A.”, pone “Barcelona (15) - Rosellón, 87-89” (la dirección, adivino), y más abajo, “MCMLXII”; así de viejo será el libro que está fechado en números romanos. Esta que tengo es la segunda edición, cuya portada presento:

DRIC portada

Las anécdotas

En un curioso orden alfabético, las anécdotas están organizadas según el tema del que tratan, y van numeradas de corrido, desde 1 hasta 3208; aquellas que provienen de otra publicación están acompañadas de la respectiva referencia (a veces más larga que la anécdota misma). Por ejemplo, la de los tuáregs está en el apartado Boca, y la de Aristóteles en Error. Y digo que es un orden curioso porque la primera pudo bien haber estado en Censura como la segunda en Mosca, y acabo de corroborar que ambos apartados existen. En Censura aparecen contradicciones como ésta:
«602. No obstante que Méhul habíase convertido en el músico oficial de la Revolución francesa, le fue prohibida su ópera Mélidore et Phrosine, que tiene por tema un incesto, alegando que el texto «no era de tendencia netamente republicana», que «la palabra libertad no aparecía ni una sola vez». Acto seguido el sagrado vocablo fue insertado a intervalos en el texto, los censores se calmaron, la obra fue estrenada y la cabeza de Méhul quedó a salvo.»
Y en Mosca, desgracias como ésta:
«1970. (…) a 15 de septiembre de 1956 (…) en la prueba Marathon de los Juegos Olímpicos, celebrada en Coventry, la esperanza británica para dicha prueba, Ron Clark, en una carrera en ruta, se tragó una mosca. Esto le hizo detenerse algún tiempo, siendo rebasado por Basil Heathley, que así consiguió clasificarse el primero. Clark llegó a la meta 53 segundos después del vencedor.»
Obsérvese el anticuado uso del gerundio en “siendo rebasado”; en un texto actual eso se considera chocante, de mal gusto, incluso incorrecto. Voy a poner unas cortas.

Esta no me la creo. En Cerdo: «611. Todos los cerdos que hay actualmente en América son los descendientes de ocho cochinos que Cristóbal Colón llevó al nuevo mundo, sin duda compadecido al observar que los indígenas desconocían el jamón…»

La del año de mi luz, por dármelas de egocéntrico. En Muerte (pena de): «1989. La última ejecución pública en Inglaterra fue el 28 de marzo de 1866.»

La del fin del mundo, en Museos: «2012. En todos los museos de Nueva York es gratuita la entrada.»

Una por encima del tres mil, en Vals: «3131. Ante la loca pasión de la sociedad vienesa por el vals, un edicto imperial, publicado el 18 de marzo de 1785, prohibió en la Corte esta clase de baile.»

Y una al azar, escogida por medio de la opción Página aleatoria de Wikipedia; me llevó al artículo Isla Gezira, y del apartado Isla traigo esta curiosidad: «1666. A lo largo de la costa escocesa de Fife, hacia Kirkcaldy, se halla la estación balnearia de Burntisland, cuyo nombre significa «isla quemada», y que no tiene nada de quemada, ni es una isla.»

La promesa

No puedo, desde luego, copiar acá todas las entradas del DRIC —ni tendría sentido—. Pero sí puedo prometer que a cualquiera que pida una curiosidad sobre algún tema (o la egocéntrica de la fecha de nacimiento, ¿por qué no?) se la serviré con prontitud y con criterio de escogencia. Es decir, voy a leer todas las que coincidan con la solicitud, a ver cuál me parece a mí más interesante (si no le gusta, pida otra, cómo no). Nomás ponga usted el comentario allí abajito.

En la parte final hay tres índices: uno de “voces y materias”, en el que se busca por temas, y que no se limita a los apartados alfabéticos; uno “patronímico”, en el que se pueden buscar las anécdotas relacionadas con personajes famosos (de la época, claro, y anteriores), y uno de ilustraciones, para ver dibujitos y fotografías ligadas a las anécdotas, como éstas:

DRIC ilustración

También prometo, y eso es de siempre, que sois bienvenidos a Tequia a leer. Declaro permanentemente aquí y en todas partes y a todo el mundo, desde que tengo consciencia del tamaño de la biblioteca, en que esto es público mientras los libros se mantengan adentro.

Y a propósito de Libros, ¿sabíais que «1756. En la India se escribieron libros enteros en hojas de palmera. Las cortaban por igual, y para unirlas se servían de un hilo. Los cantos los doraban o los pintaban, resultando un hermoso libro, aunque hay que reconocer que se parecía más a unos visillos que a un libro de los actuales.»? De esos no tengo acá.

sábado, 9 de abril de 2011

Anaforismos

[La larga ausencia carece de excusa por un tiempo. Luego llega una excusa: un rayo partió la board de mi computador de escritorio, en el que tengo los borradores; regresó hace un par de días, con los borradores intactos.]

Agradezco y dedico a Carlos Fernando Rivera esta entrada. Haberle ayudado como monitor en sus clases y haber escuchado sus observaciones sobre los temas aquí tratados es lo que más le da contenido al artículo.

Aforismos

Oscar Wilde me parece un escritor de maravilla. Me encantó El retrato de Dorian Grey; El cumpleaños de la infanta me dejó pasmado; estallé de risa con El fantasma de Canterville; La balada de la cárcel de Reading, cada vez que la ojeo, me arremolina por dentro… Se suele hablar de su estilo aforístico, de la naturalidad con la que emite frases cortas y profundas. Verbigracia: «El deber es lo que esperamos que hagan los demás.» «Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre siento que debo de estar equivocado.» «La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.» «Mentir, decir cosas inciertas maravillosamente, es la finalidad adecuada del arte.» Y muchas más.

Durante algún tiempo me dio por hacer eso de condensar ideas en frases cortas. No era por copiarme de Wilde, al que entonces conocía todavía menos. Lo consideré un símbolo de tener ideas claras, y una muestra de ingenio. Emití, por ejemplo: «La vergüenza es la consecuencia de la inconsecuencia.», que suena un poco rimbombante pero me pareció una buena definición. Estoy escribiendo un ensayo cuya tesis es otra de esas frases que hice: «La vida social no es compartir lo personal; es compartir lo propio.» Hay otra, como la anterior, que habla de mi forma de relacionarme con las personas: «Buscar defectos en los hombres es un defecto de los hombres.» (Ahora uso Twitter, como se puede ver a la derecha.)

Existen los dendrólogos, expertos en árboles; los nefrólogos, expertos en anomalías del riñón. Cosas así rebuscadas. Como los paremiólogos, expertos en frases cortas. Son esa gente que recoge, estudia y clasifica los refranes, los aforismos, los epitafios, los dichos… A esas frases se les llama paremias. Y esos estudios se usan en historia, en antropología, en sociología, en psicología, en lingüística… Yo no soy paremiólogo ni mucho menos, pero quiero hacer una inusual clasificación para una usual aplicación de las paremias: me voy a fijar en aquellas que incluyen deícticos, y las voy a aplicar a la correcta escritura de la lengua española. Antes de explicar qué es un deíctico, confieso el objetivo de este artículo.

Tengo un amigo que tiene como uno de sus sueños construir una casa para encerrar a sus amistades en sendas habitaciones, de modo que todos quedemos expuestos ante nuestra mayor fobia. Se había preguntado qué poner en mi cuarto, hasta que un día lo descubrió y me hizo descubrirlo: tapizaría los muros con faltas ortográficas y sintácticas. Estallaría en alaridos ante ello. Casi de seguro lloraría. Es que soy algo compulsivo con el uso del correcto español. Veo un cartel en la calle con una tilde de menos o una coma de más, y saco bolígrafo. Y tras tantas revisiones gramaticales contratadas (pagas y no pagas), he decidido cuáles son los tres errores más generales que comenten los estudiantes al escribir textos académicos. El primero es de carácter estilístico, el segundo de carácter sintáctico, y el tercero, el más interesante, de carácter filosófico. Y ahí vamos.

1. Falsa compacidad

Conocí la palabra deíctico gracias a Carlos Jacobo (sí, Jacobo es el apellido), director de la Sala de Invidentes de la Universidad Nacional de Colombia, ciego por un balazo, filólogo, o algo parecido; hablábamos de cosas varias, y un día me habló de pedagogía, y de los profesores que abusan de los deícticos, creyendo que el tablero lo soluciona:

—Entonces ustedes cogen esto de aquí y lo relacionan con esto otro, y por medio de este proceso de acá llegan a esto.

—Disculpe, profesor —pregunta el ciego—. ¿Qué quiere decir “esto de aquí”? ¿A qué se refiere con “esto otro”? ¿Cuál es “este proceso de acá”? ¿Llegamos a qué?

La mayoría de los profesores, según me contaba Carlos, se molestan ante estas preguntas y exclaman para sus adentros «Qué cieguito tan cansón.» (pero lo revelan en los gestos), y, a veces, de mala gana, responden. Claro, no son todos. Desde entonces decidí que, dado que ser un gran maestro es mi principal sueño, jamás me excederé con los deícticos y por el contrario procuraré evitarlos del todo, por repetitivo que pueda llegar a sonar.

Los bachilleres acostumbran usar muchísimos deícticos, y acostumbran, al mismo tiempo, no saber usarlos. Es como si usted se bañara todos los días, pero sin jabón. Existen tres tipos de deícticos: los deícticos anafóricos, los deícticos catafóricos y los deícticos exofóricos. Retomemos a Wilde para el caso anafórico: «Cualquiera puede hacer historia; pero sólo un gran hombre puede escribirla.» La partícula -la al final de todo se refiere a la historia, que fue mencionada antes. La catafórica se da cuando el referente es mencionado después, como el referente de cosa en «No hay cosa más difícil, bien mirado, que conocer a un necio si es callado.» de Alonso de Ercilla. En la exofórica, no se menciona el referente, está afuera: «¡Si será modesto que se cree inferior a sí mismo!», dice Álvaro de Figueroa y Torres de alguien indefinido.

Pero obsérvese el siguiente caso, tomado de Defensa apasionada del idioma español [1]; en realidad el autor usa el extracto como ejemplo de mala escritura y está plagadísimo de errores (sí, ese par de renglones), pero yo me permito corregir lo que no concierna a nuestra charla sobre deixis: «El servicio de televisión satelital estará suspendido alrededor de cuatro días, durante los cuales se harán impermeables las mismas.» ¿A qué hace referencia ese “las mismas”? Sí, a unas antenas, pero no son “las mismas” antenas.

Pero el primer error común de la lista va más allá de los solos deícticos. En un intento por decirlo todo en pocas palabras, la gente suele abusar de los conectores y sacar cosas como esta:

“El hombre es considerado como el máximo exponente evolutivo dentro de las diferentes especies vivas del planeta, pero después de innumerables estudios, se ha concluido q’ el diseño inteligente de este, no es perfecto, puesto q’ sufrimos de variadas limitaciones físicas y capacidades, vulneración a enfermedades, etc, dadas como consecuencia del proceso evolutivo; q’ en otras especies son inexistentes tales como la vena várice en algunos mamíferos, visuales en aves y peces) o superables como la pérdida de extremidades q’ en algunos reptiles pueden ser regenerados.” [sic] [2]

A eso me refiero con la falsa compacidad. Todo eso, dicho en cuatro frases cortas, habría estado mucho mejor expresado (si bien el contenido tampoco es el correcto).

Mi pelea, más que con la deixis mal usada, es con los conectores en general: “puesto que, ya que, por lo tanto, por ende (especialmente feo), pues,…” Exagerar en su uso equivale a decirle al lector: «Es usted un tonto al que debo decirle qué relación causal tienen estas frases.» Y bueno, si la relación causal quedara bien expresada, me estremezco callado; pero muchas veces el conector es usado a modo de comodín para ensartar otra idea, sin importar el significado mismo del conector. En tales casos, me estremezco a gritos (en vez de “en tales casos”, podría haberse visto ahí un despistado “por lo tanto”).

Recomiendo observar la concreción de las frases de Daniel Coronell o la contundencia de Marguerite Duras, de quien hablaré a continuación. El segundo error común está bilateralmente relacionado con este primero.

2. puntuación improvisada

Tengo una lista jerárquica de cuatro textos encabezada por la puntuación más clásica y culminada por la más revolucionaria:

  • Ursúa de William Ospina
  • El mal de la muerte de Marguerite Duras
  • La tejedora de coronas de Germán Espinosa
  • El cuento de la isla desconocida de José Saramago

(En todos los casos, salvo el de Espinosa y levemente el de Saramago, es posible sustituir el título por cualquier otro del mismo autor.) También me mantengo pendiente de coleccionar fragmentos destacados por la forma en que muestran el buen uso de la puntuación. Quiero conseguir todo el material posible, y el mejor posible, para elaborar un curso completo sobre puntuación, lleno de lecturas y talleres; uno que tenga tal rigor y exija tal dedicación que me consideren loco por proponerlo para un semestre. Que sea un curso obligatorio para todo el que quiera ser bachiller, como lo es ese curso de paremias para regañar que reciben la madres. Porque puntuar no es fácil.

Puntuar no se limita a saber la lista de funciones de cada uno de los signos de puntuación. Eso no hay que aprenderlo como un analfabeto se aprende la lista de compras. Se aprende al ver el buen uso y aplicarlo. El problema de fondo con la puntuación no es, entonces, de memoria; es de estilo. El de fondo es de estilo. Pero aquí en la superficie, en muchos de los estudiantes que me cruzo a diario, está el problema de atención. En la misma búsqueda por decirlo todo en una sola frase quilométrica, olvidan para qué sirve cada signo.

Y si escribirlo todo en una sola frase es elegante, atravesar en ella comas y punto y comas lo es todavía más. Indica que la persona no sólo está redactando sus ideas, sino que de una vez le está indicando a su lector dónde van las pausas y dónde los énfasis. Pues no. Los énfasis y las pausas han de verse en lo escrito en sí mismo, no en una puntuación inventada; la puntuación se lee con pausa, pero no es para pausar. (Y no sobra comentar que los énfasis se evitan, pero si hay que ponerlos, se usa cursiva. O se subraya, si su letra de puño no incluye bastardillas.)

¿Veis que no es fácil puntuar? En este artículo, por ejemplo, aparece siempre bien usado el punto y coma; pero aparece tantas veces que aburre. Eso se arregla aprendiendo a puntuar.

3. Demasiada obediencia

Descubrí la razón por la cual muchos jóvenes no gustan de los libros Ética para Amador y Política para Amador de Fernando Savater. Tiene que ver con los aforismos también; es decir, esto sí tiene que ver con los aforismos. Son jóvenes que están acostumbrados a que les digan cómo ser y qué hacer No necesariamente sus padres, ni sus maestros. Pero sí les dice cómo ser el parche de metaleros del barrio, o la manada de poquemones del centro comercial, o el orientador vocacional de su colegio, si bien este último puede no estarlo haciendo a propósito. El problema es del muchacho. Antes que la literatura ensayística de los trabajos de Savater, prefieren la sentencia fácil de los libros de Coelho, o de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Voy a explicarlo mejor:

Los libros mencionados de Savater (de los cuales he leído solo el primero, así que hablaré únicamente de él) son muestras ejemplificadas de una estructura de pensamiento; se presenta en qué consiste la ética, qué fenómenos estudia, en qué ramas se divide, y da ejemplos basados en sus propias reflexiones al respecto; dice: esto es lo que yo he pensado y lo que yo he concluido frente a estos temas (el respeto, la compasión, la piedad…); pero en ningún momento sugiere siquiera al lector obedecer los preceptos que él ha construido para sí mismo. Al contrario: invita al lector a reflexionar por su cuenta sobre esos temas y tomar sus propias decisiones.

Por otro lado, los textos de Sánchez, por ejemplo, lanzan verdades aforísticas sobre la moral cristiana: le dicen al lector cómo es el mundo y cómo debe comportarse respecto de él. No invitan a la reflexión. Imponen la verdad. Están construidos de modo que quien los lea concluya lo mismo que concluyó el autor, no importa si con los mismos argumentos. Esbozan un hilillo que culmina en frases rimbombantes de poco significado.

En eso consiste el tercer problema. Al estudiante le dicen el aforismo: «Joven, no se dice “habemos”, se dice “hay conmigo”.», y el estudiante repite obediente: «Hay conmigo dos mil personas en la protesta.», en vez de pensar: «Hey, eso suena muy feo. ¿No sería mejor “estamos, somos, participamos” o alguna otra expresión bonita que se ajuste al contexto? ¿Qué tal “En la protesta nos hicimos sentir dos mil personas.”?» Se le advierte: «No se dice “hubieron”.», y el estudiante trata de tonto al que escribe un correcto «Hubieron de llamar a la policía, porque el asunto se estaba complicando.» Se le enseña (erróneamente): «La coma representa una pausa.», y el estudiante, queriendo introducir la entonación desde el papel, escribe: «Romeo, se ha, suicidado. Yo, no podré, vivir más.», cuando existe una norma que prohíbe separar el verbo de sus acompañantes directos (sujeto y objeto) con una coma. Porque la coma no es para detenerse.

Ni los aforismos para seguirse al pie de la letra. Todas esas frases tienen una reflexión de fondo; no se valen por sí mismas. Hay que conocer, para entenderlas bien, los conceptos que a su alrededor construye el autor; los que lo llevan a formularlas. Y hay que conocerlos no para hacerles caso, sino para ver ejemplos de cómo se construye un hilo argumental, de modo que el estudiante construya el propio y “haga su propia frase”: llegue a su propia conclusión.

Pero me desvío del tema. Quiero decir que las fórmulas preceptuadas no tienen por qué ser las mejores. Por ejemplo, comenzar un comunicado con «Por medio de la presente…» me parece grotesco: da la imagen de una persona que, a falta de la capacidad para redactar sus ideas, las pone en un formato en el que sólo con mucha suerte encajarán; y tampoco se preocupa por que encajen.

Hasta aquí la crítica ejemplificada. Antes de las recomendaciones, me atrevo a prometer que traeré más ejemplos sacados de estudiantes. Eso para próximas entradas, o para Twitter.

Respectivas recomendaciones

1. No intente condensarlo todo en una sola frase. Utilice frases cortas. El lector es lo suficientemente inteligente para entender la conexión entre ellas.

2. Sólo ponga signos de puntuación donde esté seguro de que no hacen daño. Antes de apostarse a escribir, apóstese a leer un rato.

3. No me haga caso. Escriba como le plazca.

Nota bene. El libre albedrío debe ser interpretado, y sólo se adquiere tras el conocimiento del terreno en el que de él se disfruta.

Notas bibliográficas

1. GRIJELMO, Álex. Defensa apasionada del idioma español. Punto de Lectura. Madrid, 2004.

2. Como parte de un examen parcial, los estudiantes del curso Metodología de la Investigación I de la Universidad Nacional de Colombia (período 2010 – II), del cual yo era el monitor, debían identificar el argumento del artículo “El diseño inteligente: Voltaire y las hemorroides” de Héctor Abad Faciolince. El enlace oficial en la página de la revista Semana está roto.

3. Un montón de citas sacadas de Wikiquote y con sus respectivos créditos.

4. Un montón de textos mal escritos a los que por decencia no pongo créditos.

lunes, 25 de octubre de 2010

Vox Dei


Comentario previo
Tengo varios textos en preparación, como uno sobre educación, otro sobre lo mal que escriben los bachilleres o el que da razón del nombre de este espacio. Pero hoy mismo, veinticinco de octubre de 2010 según el calendario gregoriano, tengo un trabajo por presentar sobre teoría de cuerdas. Quise aprovechar la ocasión para publicar algo aquí, y de paso darle un estilo distensionado a un tema tan técnico que, al fin y al cabo, conozco únicamente por medio de textos y videos de divulgación científica, sin ecuaciones ni exceso de términos especializados, y en cambio sí llenos de ejemplos cotidianos, a pesar de lo alejado de la cotidianidad que resulta lo obtenido por los físicos actuales. Esta vez estoy seguro de la utilidad de una versión en audio; en cuanto resuelva un detalle estará disponible. Cumplo, entonces, con KREVERK (y sus eventuales lectores), y con mis labores académicas (y sus inevitables revisores). Eso garantiza que al menos alguien me lea.
Hay tan pocas excepciones a la siguiente afirmación que no me siento grosero enunciándola en términos universales. Todo ser humano que actualmente se encuentre vivo ha visto caricaturas. En particular, todo latinoamericano vivo ha visto caricaturas, y ha escuchado a: Bugs Bunny, el Pato Lucas, Pedro Picapiedra, Maxwell Smart, el Pájaro Loco, el Gato Félix, Popeye, Mr. Magoo, Michael Corleone, Beto… Cualquiera con infancia recordará lo distintas que son las voces de todos estos personajes. Y, si no lo sabe ya, se sorprenderá al enterarse de que una sola persona, el mexicano Jorge Arvizu, está tras el micrófono de todas ellas, y de muchas otras; ese señor es capaz de hacer vibrar sus cuerdas vocales de muy, muy distintas maneras. Sin embargo, es ésta una sorpresa pequeña comparada con las vibraciones de cuerdas que son el objeto de este artículo.

Archivo-Jorge-arvizuQue el terreno de las caricaturas sea conocido por todos facilitará la comprensión de este mundillo: Imaginemos un universo que consiste únicamente en las voces de los personajes de “El Tata” Arvizu, y en sus diálogos, de manera que todo lo que existe se puede expresar en función de esas voces. Podemos reducir este universo a un solo componente: las cuerdas vocales de “El Tata”, que, para abreviar, llamaremos tatacuerdas. Sus distintas formas de vibrar determinarán si estamos con la partícula Bugs Bunny o con su contraparte Pato Lucas, o si se trata de un Yosemite Sam refunfuñando. ¿Qué permite a las tatacuerdas vibrar de tan distintas maneras? Una gama bien entrenada de variaciones, que podríamos llamar dimensiones de la voz: volumen, nasalidad, profundidad, galludez, galantería, carrasposidad, engolamiento, chillido. Vamos siete; lo ideal sería completar diez u once, pero así está bien; se entiende el concepto (y está también la versión en audio, con un par de ejemplos de combinaciones entre estas variantes).

El universo de las tatacuerdas lo construyo como una analogía para explicar algo mucho más abstracto; una teoría muy reciente que surgió, como toda teoría, de la necesidad de resolver un problema en el que las anteriores se atascaban. Con “las anteriores” me refiero, en particular, a la mecánica cuántica, que describe la fuerza electromagnética y las fuerzas nucleares, y a la relatividad general, que describe la fuerza gravitatoria. No es que haya un problema que ninguna pueda resolver; el problema de cada una es la otra. Ni la mecánica cuántica puede expresarse en términos relativísticos, ni la relatividad en términos cuánticos; sin embargo, ambas son tan precisas en sus respectivos campos que ninguna de las dos puede estar equivocada. El asunto parece solucionado: no importa; usemos cada una donde corresponda, y listo. Nunca tendrán que entrar en conflicto, pues una habla de lo muy chiquito y la otra de lo muy grande; y nada es muy chiquito y muy grande a la vez.

Pero sí hay algo que, a la vez, es diminuto y enorme: los hoyos negros. Si hay mucha materia en un lugar pequeño, la fuerza gravitatoria la hará contraerse hacia su propio centro de masas; atraerá más materia, se hará más masiva y se contraerá más. Mucho contenido en muy poco espacio. ¿Qué se aplica? ¿La física de los pequeños tamaños, o la física de las grandes masas? Se podría decir que cualquiera de ellas, porque ambas son correctas; pero son, por ponerlo en términos epistemológicos, inconmensurables; ninguna de las dos, al estorbar la otra, da resultados satisfactorios. Hay entonces tres opciones: reformar alguna de ellas para que se ajuste a la otra, reformarlas ambas hasta que queden ajustadas, o construir una nueva teoría que abarque las dos, y, si el paquete sale premiado, hasta más.

Los físicos han optado por el tercer modo de obrar (¡y vaya que ha salido premiado el paquete!). Veamos: La física cuántica debe su nombre a la búsqueda de unidades mínimas; intenta hallar aquella componente de las cosas —entiéndase por cosa: energía, materia, movimiento— que ya no puede ser más dividida: de hacer las mediciones en términos de cuántos de esos puntos indivisibles hay en el ente medido. Intenta, en principio, eliminar la continuidad de las emisiones de luz (por poner un caso), tan familiares y naturales para la física de Newton. Y lo logra. La luz se convierte en hordas de fotones; la energía, en hordas de electrones; la materia, en diálogos entre quarks, electrones, fotones y gluones. Lo logra tanto, las partículas resultan tan irreducibles, que, lo mismo en las ecuaciones que en la aplicación de la teoría, tales partículas son puntos matemáticos; de esos de los que Euclides dice que no tienen medida. Esto último, digo yo, desvirtúa su naturaleza minimizadora. La teoría de cuerdas la rescata.

El movimiento del electrón estuvo cuantizado (según la noción de minimización del párrafo anterior) por una distancia mínima, tan pequeña frente al átomo como un árbol ante el sistema solar, llamada constante de Planck. Esta minimalidad se perdió cuando entró la física probabilística, pero con eso no nos enredemos. Es esta distancia, aunque en otros términos, la que resulta rescatada por la nueva teoría.

Regresemos a las tatacuerdas. Añadamos que las cuerdas de Arvizu sean, además, del tamaño de la constante de Planck; que vibren en once dimensiones; que todas sean idénticas; que no se puedan destruir, ni siquiera entender como formadas por partes más pequeñas; ellas son lo más pequeño que puede existir; el único material del universo Arvizu. Por último, vamos a cambiar nombres: ya no serán tatacuerdas, sino súpercuerdas, o cuerdas a secas. Los contoneos de estas culebritas en once dimensiones conservarán su nombre, pero las dimensiones mismas no; tendremos las tres dimensiones espaciales de siempre, la dimensión temporal, y siete dimensiones espaciales adicionales enroscadas a niveles diminutos. Los distintos resultados de esas vibraciones, a los que hemos dado nombres como Huckleberry Hound o Maguila Gorila, serán las partículas elementales descubiertas por la física cuántica: neutrinos, quarks up, quarks charm, bosones, tauones, muones, positrones… Los diálogos serán, de distintas naturalezas, las interrelaciones que se dan entre esas partículas y que son descritas, también, por la física cuántica. Y, por último, ese imaginario universo Arvizu será ¡nuestro universo!… por ahora.

Una nota sobre las dimensiones enrolladas. Percibimos cuatro: izquierda-derecha, atrás-adelante, arriba-abajo, antes-después. Ahora, por ejemplo, consideremos un nuevo universo imaginario: el universo manguera. Consistirá en la superficie de una manguera de grosor constante y largura infinita; sobre este universo podemos hacer dos clases de desplazamientos, más sus combinaciones: adelante y atrás, derecha e izquierda; si nos desplazamos lo suficiente hacia la derecha, y sólo hacia la derecha, llegaremos eventualmente al punto de inicio. La dimensión lateral está “enrollada”. En una superficie esférica tendremos dos dimensiones enrolladas y ninguna “extensa”. En un anillo sin grosor tendremos una sola dimensión enrollada. Si, regresando al universo manguera, hacemos el grosor muy, muy pequeño, tan pequeño como la constante de Planck, tendremos una idea de un universo bidimensional con una dimensión enrollada tal como en nuestro universo endecadimensional se retuercen siete dimensiones.

Hay una partícula postulada por la física cuántica que no se ha encontrado jamás: el gravitón, responsable de la fuerza gravitacional que tan bien describe la otra esquina, la relatividad. La teoría de cuerdas, entre esas ecuaciones que revelan la necesidad de tantas dimensiones como mandamientos, descubre una forma de vibración particular (un personaje de caricatura), que satisface todo aquello de lo que se quejan las otras dos teorías respecto de la gravedad, a saber, que no aparece la partícula correspondiente, y que es muy, muy débil comparada con las otras fuerzas existentes. Las cuerdas vocales de Jorge Arvizu están pegadas por los extremos a las paredes de su garganta, lo que les permite vibrar pero no desplazarse libremente. Ahora supongamos (sin dificultad, dada la legendaria versatilidad de esa voz) que una de las tatacuerdas tiene forma de bucle, es su propio comienzo y su propio fin; esta cuerda podrá desplazarse a gusto por dentro y por fuera del cuerpo de “El Tata” permitiendo resonancias en otras dimensiones (ah, por eso sólo me daban siete). Si metemos esa cuerdilla en la caja de resonancia de una guitarra, o en un baúl antiguo, o en el estómago del locutor, escucharemos voces que tal vez nunca habríamos imaginado siquiera. Y si la tatacuerda libre está en la garganta, será tan normal como siempre (si la voz de Arvizu es normal para alguien). Otra visita a la notaría le asigna a la tatacuerda libre el nombre de gravitón. Sus extremos no están atados a nuestro universo, así que puede viajar, a lo largo de las siete dimensiones que le quedan, a, sí, ¡otros universos!

Falta responder la pregunta que dio origen a la teoría de cuerdas. ¿Por qué esta locura hace las paces entre la relatividad y la física cuántica? La respuesta es casi trivial: El caos probabilístico.del mundo cuántico se debe a que estamos muy cerca de las vibraciones; en el mundo cósmico, en cambio, las cuerdas son de un tamaño tan insignificante que sus vibraciones, si bien lo generan todo, no alteran la paz, la quietud, la sensatez del modelo. De nuevo: ¿y los agujeros negros? Supongo, porque no he encontrado respuesta para esto, que resultan ser túneles que conducen a esos universos paralelos por los que viaja libremente el gravitón. No conozco ni textos redactados en lenguaje de divulgación científica, ni textos especializados con ecuaciones que aún no puedo entender, que describan los hoyos negros en términos de la teoría de cuerdas. Me extraña eso. En algún lado debe de estar la respuesta. Luego busco con más empeño.

La teoría de cuerdas, por desgracia, escapa aún de todo intento de comprobación experimental, debido a la pequeña dimensión de sus fundamentos —las cuerdas— y, tal vez, al montón de dimensiones de sus movimientos. Por ahora, de todos modos, parece ser ese dedo del pie que tanto buscaba Einstein. Su tal Theory Of Everything (TOE).

Me disculpo: La falta de nombres, el hecho de que no se haga mención de los desarrolladores de estas teorías, se debe al convencimiento de que esa información pulula por la red, y, sobre todo, al afán entusiasta del autor por presentar las ideas claves sin detenerse a hacer comentarios anecdóticos que desvíen el discurso de su curso lógico. Aquí abajo, en la bibliografía, hay dos nombres útiles para conseguir los otros: el de González de Alba, que no es físico y escribe muy bien, y el de Brian Greene, que todavía no sé cómo escribe, pero sí es físico y se viste muy bien.

Bibliografía
  • GONZÁLEZ de Alba, Luis. El burro de Sancho y el gato de Schrödinger. Paidós. México D. F. 2001.
  • GREENE, Brian. El universo elegante (serie de tres videos). Nova. 2000 (?).
  • Doblaje wiki. Artículo Jorge Arvizu.

sábado, 24 de julio de 2010

Idioma paz

En coincidencia con las fechas de elecciones presidenciales del año 2010 en Colombia, y recordando lo que logró la Séptima papeleta en el año de mi luz, un nuevo proyecto de nivel nacional se está esparciendo. Se le llama Mandato por la Paz; lo conozco debido a mi trabajo con la Personería de Bogotá, y he tenido ganas de participar en él; aún las tengo. Este artículo sin cháchara introductoria y con pocos chistes de ocasión lo escribo para presentar seriamente las razones por las que no lo he hecho, la propuesta de cambio que tengo y el comprometedor trabajo que en ella desempeñaría.

Espero no ser la única persona que quedó aguardando más discurso cuando se le presentó el proyecto. Me hablaron de él, y hubo dos cosas que no encajaron bien en lo que yo categorizaría como proyecto político o social de amplitud nacional. La primera que menciono es la segunda que surgió y es la menos relevante de las dos, pero más tarde servirá como desvío hacia mi propuesta; se trata del exceso de parsimonia y ritualidad en que consiste la propagación directa del Mandato, y se complementa con la mención de que incluso la firma con la que cada quien se compromete a divulgar el proyecto es simbólica casi en absoluto, cosa que fue efectivamente dicha por las cabezas organizativas; la incompleta pertinencia de esto será tratada más adelante. La segunda objeción es la que fundamenta la presente réplica; es, principalmente, que los objetivos específicos están incompletos, y el hueco es grande, pero para explicarla bien me extenderé un par de párrafos.

Cuando se me mencionó Mandato por la Paz comencé a sentir que flotaba por encima de las nubes y a esbozarme un paraíso; cuando se habló de recolectar firmas y repartir volantes, y cuando unos amigos me comentaron que hicieron tal cosa bajo la lluvia, descendí un poco y entendí que para subir a ese paraíso necesitaba primero estar debajo de las nubes. Seguía, sin embargo, muy arriba. De allí no bajé más, y nunca descendí suficiente: me quedé esperando a que me pusieran en un punto que no incite al vértigo. Quiero con esto decir que la propuesta está muy abstracta en este sentido:

Su objetivo es claro: comprometer al presidente electo con el artículo constitucional que reza: «22. La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.», que por demás forma parte del capítulo De los derechos fundamentales. El hecho de que el presidente represente al pueblo no significa, por supuesto, que de su concepto de paz dependa nuestra armonía futura. Significa, por el contrario, que de nuestro concepto de paz dependen sus acciones en ese sentido, sin importar si sus ideas al respecto coinciden. ¿Pero cuál es el concepto de paz de los colombianos como pueblo? Eso no existe, por una razón de naturaleza semántica y moral: En una conferencia dada por Timothy Reagan el año pasado titulada The Construction of Language, se cita la siguiente aseveración del historiador Carl Lotus Becker:
Cuando me topo con una palabra que no me es familiar en absoluto, me parece una buena idea buscarla en el diccionario y encontrar qué piensa alguien más que significa. Pero cuando tengo que usar con frecuencia palabras que son perfectamente familiares a todo hombre, palabras como causa, libertad, progreso y gobierno; cuando tengo que usar palabras de esta clase, que todo el mundo conoce perfectamente bien, lo más sabio que puedo hacer es tomarme una semana y pensar en ellas. “Idioma” es un caso maravilloso, a mi modo de ver, de palabra para tomarse una semana. Es uno de esos términos que usamos todo el tiempo y asumimos que sabemos lo que queremos decir con ellos. [No sé cuál es la publicación de origen. La traducción del inglés es mía.]
Para el caso, imaginad que la palabra “idioma” es sustituida por “paz”. He ahí el problema del término. La tesis de la conferencia es “no existe cosa alguna llamada inglés” (there is not such a thing as English), como idioma, y esto lo generaliza para cualquier lengua. Su sustento principal es la cita anterior, que evidencia la indefinición del concepto mismo de “idioma”. (Hay un problema de traducción que resuelvo en este paréntesis: en inglés existe la feliz coincidencia, feliz para este caso, triste para otros, de que “language” significa tanto “idioma” como “lenguaje”. Me pareció, dada la tesis, que el primer término resultaba mejor aquí.) Y así como no existe algo llamado español, una lengua de igual naturaleza conceptual en más de un individuo, tampoco existe el idioma “paz”. Sin embargo, todos tenemos una idea de lo que es; cada quien, luego de su semana libre, le ha dado un significado. De allí, y de que la Constitución lo exige, que sea necesario construir un concepto de paz para Colombia. Si hemos llegado a acuerdos de tanta aceptación como la Declaración Universal de los Derechos Humanos o, aquí adentro, la misma Constitución de 1991, creo que se puede establecer una idea general y generalizadamente aceptada de lo que entendemos por paz. Que resulte una larga lista de ideas sueltas, un discurso argumentativo o una síntesis de tres palabras depende ya del método y de los participantes.

Insisto en que quiero trabajar con el proyecto. Los amigos que han estado activos me comentan que son llamados a horas novelescas para asistir a jornadas de repartición de volantes y recolección de firmas; y a pesar de que considero esto importante, pues un proyecto nacional sin firmas ni respaldo es una rana coja (o peor, una cana roja), no es el tipo de trabajo para el que me haría miembro activísimo del equipo; lo haría, claro, pero durante los ratos libres del horario de oficina que me impondría la siguiente propuesta. Me preguntaba yo, mientras lavaba la loza (porque qué mas se hace en esos momentos), cómo trabajaría en el proyecto, y me imaginaba leyendo informes, y redactando síntesis, y enviando cartas, oficios y memorandos desde las cumbres de un escritorio atiborrado; un trabajo organizativo. Recordemos que el resultado depende del método. Fue entonces cuando, completando el tercer párrafo, caí al suelo amortiguado por voces ávidas y resmas y resmas de papel; mi imagen significante de Mandato por la Paz dejó de ser una pluma flotante del ave más aburrida que exista y se convirtió rápidamente en algo duro, bonito, diverso y teleológico, como un anillo de topacio y corindón.

Recordé la conformación altamente participativa del Plan Nacional Decenal de Educación, que recogió ideas de todas partes y por muchos medios, generó representatividades y consolidó un documento de construcción democrática; yo estuve ahí. Pero ¿por qué generar nuevas representaciones si ya existen unas seleccionadas por votación popular, o sea, al menos en principio, aceptadas? Se usen ésas o se generen otras, el trabajo de recolección de firmas tendría una nueva tarea, una concreta: preguntar a cada transeúnte abordado: «¿Qué piensa usted que es la paz?»; por ése y otros medios se terminaría construyendo un documento final. Yo me ofrezco como recolector y organizador. Así el proceso es menos simbólico; yo mismo, como estudiante de matemáticas y estudioso de la lingüística, la semántica y la semiótica, sé que los símbolos son una cosa muy importante; pero fuera de sus propios campos de estudio, en los procesos reales, deben subordinarse a las entidades y, sobre todo, a las acciones que representan. Mi posición al respecto esta expresada en el artículo Caminando con los dedos.

¿Para qué el documento final, y por qué declaro con tanta seguridad que no es algo simbólico sino una acción concreta? En primer lugar, para que el presidente electo Juan Manuel Santos, cuando reciba el Mandato este 7 de agosto de 2010, no nos haga depender de lo que él entiende por paz, sino que haya ante qué reclamarle legalmente en caso de que no atienda la idea del pueblo. No pretendo, desde luego, que en las dos semanas que quedan se tenga consolidado el trabajo; pero en cuanto esté listo se le lleva al presidente y se le dice: «Mire, usted se comprometió con esto.» En segundo lugar, porque si existe un concepto definido de paz, todo mandatario, y todo ciudadano, va a tener obligación de cumplirlo, porque la constitución lo dice y se va a saber a qué se refiere exactamente cuando lo dice. Así, incluso —y disculparán los gestores—, el Mandato resultará un objeto protocolario dispensable.

Propongo ese cambio de enfoque, y lo dirijo a Pablo Rueda & children, cabezas iniciales del Mandato, si no me equivoco; ofrezco mi tiempo, mi paciencia burocrática y las habilidades discursivas que se me quieran admitir. Me presto para discutir este orden: Bien sea apelando a ediles, alcaldes, concejos, gobernaciones y senado, o inventando un complicado sistema cuya financiación requeriría mucho tiempo y varios proyectos adicionales, la misión del Mandato por la Paz sería impulsar una actividad masiva y democrática de manera que en adelante se dedique a hacer veeduría y codear por el costado a las entidades que laboren en la construcción de un papel oficial que diga: «Esto es la paz para los colombianos, dos puntos…» Punto.