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miércoles, 14 de octubre de 2020

The Path to a Text

[Audio version]

It was a curious sequence of events that led me yesterday morning to reading one of the best texts on literature I have ever read. I was teaching an English class early, and having asked my students for a topic to read about, they proposed Donald Trump. I found a rather funny article that we started reading, about how Trump is actually not a politically incorrect president—for being politically incorrect is a personal and witty decision—but rather and plainly a jerk.

Soon I wrote to a friend of mine who I thought would be interested in such a topic, and told her that I had found an article I wanted to read with her in one of our English study sessions. She agreed, and also confessed she hadn't yet done the homework I had assigned to her. "Hasten!," I replied, using a word she didn't know. Instead of translating it or explaining its meaning, I decided to complicate her life by sending her the poem in which I came to know it—Ulalume, by Edgar Allan Poe—and telling her to interpret the meaning from the context.

I really like that poem. Some fragments of it—like «Ah, hasten—Ah, let us no linger / Ah, fly!—let us fly!—for we must»—resound in my memory from time to time, so I decided to finally fulfill the task of memorising it. At first I looked for it on the web, but then remembered that it's easier to memorise from a physical book, because the location of the fragments relative to the pages helps to organise the schema; and while browsing the pages of the bilingual edition of Poe's poetry I have at home, I found an essay on the composition of The Raven that I had blamingly overlooked for years.

The Raven is a perfect poem. I memorised it years ago, and I keep finding wonders to it while recalling its rythm, its images, its gloomy comicality driving to unavoidable melancholy. Forget about memorising Ulalume. That essay had to be gold in a golden case. And it was indeed.

Poeker card

Hereby, then, I recommend anyone into writing, or actually into any kind of creative activity, to read The Philosophy of Composition, by Edgar Allan Poe.

He specifies some technicalities of the metric that might bore a mind not so fond of classical poetry as mine, but that they may skip wihout losing the point at all. The core is, first, in the open declaration that, contrary to what many authors of the time wanted their readers to believe, a good literary work is not as much about inspiration and natural talent than about solving (with discarded drafts and self disappointments) an enigma kindled by an idea that needs its reasons to be found and properly stated; and second, in the step by step construction, from broad to specific, of that masterpiece that is The Raven, as an example of how such enigmas are solved by always keeping in sight the satisfaction of the intended public and the desire of originality.

I will say no more about its contents. Go read it. Enjoy it.

Perhaps a more modern point of view about literature would discard some of those ideas as not pertaining to how poetry (or even prose) is composed nowadays, but I think that's the great thing about points of view: We share them to learn from each other; they're there to help us grow, and accept, and enjoy. I hadn't, for instance, loved Picasso's work as I love it now before recieving this point of view: He had the skill and the talent to draw whatever you asked him for, but he decided to draw his distorted figures because that's how he felt the distorted world he lived in needed to be depicted.

Because Picasso was no jerk. He was politically incorrect.

Poe was a different kind of genius, who looked for distorsions in our minds (or his) and shaped them to amaze. So go read the essay and the poem, and his other poems, and his tales (even his never-resting novel, if you want), and then sleep well, and dream of the path to your sorrows and fears.

martes, 31 de marzo de 2020

Numéro

[Sí, el artículo es sobre numerología. No, no me he convertido al esoterismo ni a ninguna de sus formas. Quiero utilizar una crítica a esa creencia como excusa para transmitir dos conceptos muy importantes en la comprensión del mundo. Estén o no los números a vuestro favor, adelante.]

No, el título no está mal escrito. Está en francés. En francés existen dos palabras diferentes, nombre y numéro, para sendos conceptos que en español reciben el mismo nombre: número. (El esperanto, sabiamente, acogió esa idea y tiene nombro y numero.) Esto podría llegar a servir como argumento a favor del Principio de Relatividad Lingüística, que afirma que, en mayor o menor medida, nuestra lengua materna es un factor determinante de nuestro comportamiento: no sé si acierte, pero se me ocurre que, por esa distinción, una persona de habla francesa es menos susceptible de creer en esa tremenda pendejada llamada numerología.

Estaba viendo un video que sacó Rocío Vidal, La Gata de Schrödinger, criticando la numerología. Su conclusión es la necesaria y está muy bien presentada: estas cosas sirven más bien como excusa para no ser mejor, para decir «disculpa si te ofendí, es que soy Tauro» o «me tienes que aguantar así impaciente porque soy 8». Algunos seguidores de esas corrientes dirán que no, que se trata de bases y siempre se puede mejorar, así que por ahí no va tanto la cosa. Creo que Rocío se dejó por fuera algunos conceptos que vale la pena discutir, algunos de los que explican por qué esa palabrería es absolutamente absurda. Creo que hay dos conceptos muy importantes que, bien entendidos (incluso entendidos a medias), facultan para no dejarse engatusar por supersticiones de ese estilo. Y siento que también son importantes para la gente seria, la que no es susceptible de caer en tozudeces como esas, porque son conceptos que ayudan a abrir la mente un poco más.

Vamos con la premisa: cosas tan aleatorias como tu fecha de nacimiento, tu número de identificación o el código de barras de tu desayuno del martes influyen de modo fundamental en tu personalidad y en tu futuro. Toma tu fecha de nacimiento, suma sus dígitos y repite el proceso hasta que quede un solo dígito; ese es tu número, y dice quién eres. Según la compatibilidad de tu número con los de los demás, y el de identificación, y el del desayuno, las cosas te serán favorables o adversas. (No sé, a mí me suena como si hubiera gente que te analiza según cómo estaban posicionados los astros cuando naciste, o algo sí.) Aquí hay dos errores conceptuales gigantescos.

Volvamos al francés. La palabra nombre se utiliza para hablar de los números como representantes de cantidad: «un gran número de personas llegó al evento»; «dicen que son 343, pero a mí me parece un número muy grande». La palabra numéro se usa para hablar de los números como códigos: «el número marcado se encuentra ocupado»; «digite aquí su número de cédula». Es una distinción fundamental. El número de cédula o el número telefónico no son realmente números, son códigos; podrían conformarse con cualquier otro conjunto de símbolos, como estos
♈♉♊♋♌♍♎♏♐♑♒♓,
o estos
☿ ♀ ♂ ♃ ♄ ♅ ♆,
o estos
A B C D E ...,
que se usan en muchos casos. Es como el sudoku, que podría hacerse con otros símbolos y la dinámica sería la misma. Lo que lo hace matemático es la búsqueda de patrones, simetrías, contradicciones. Esto da para una nota al margen sobre algo que merece artículo propio, y eventualmente lo tendrá. Soy matemático, y me tomo muy en serio la labor de enseñar al mundo que las matemáticas no se tratan de números. El objeto de estudio de las matemáticas son los sistemas formales, es decir, los conjuntos de cosas abstractas que cumplen reglas fijas; el matemático identifica, supone o decide las reglas, y estudia sus consecuencias. Y, sí, los números son un sistema formal, pero no son el único, ni de lejos; lo que pasa es que son casi la única matemática que le enseñan a todo el mundo.

Ese es, entonces, el primer error conceptual: realizar operaciones numéricas con símbolos crudos; ese 7 en el que acaba mi cédula tiene el mismo valor numérico que la A por la que comienza mi "número" de pasaporte, o el asterisco que alguien puede poner en su contraseña de correo. La operación es tan arbitraria como multiplicar entre sí los valores numéricos correspondientes a la posición en el alfabeto de las letras de tu nombre, o hallar la razón entre la cantidad de letras de tu apellido y la cantidad de letras del apellido de tu traga.

El segundo problema está en la operación misma. Sumar los dígitos de un número iterativamente hasta obtener un único dígito es un proceso llamado extraer la raíz digital. Un ejemplo:

9 192 631 770 → 45 → 9,

entonces la definición internacional de segundo tiene "personalidad de 9". Algunas personas propusieron en algún momento que podríamos intentar comunicarnos con vida inteligente en otros planetas haciéndoles notar nuestra inteligencia por medio de la emisión de los dígitos consecutivos de π. La gente conocedora del tema saltó de inmediato. ¡Qué idiotez! Serían los dígitos de la expansión decimal de π, que es solo una forma en particular de representar ese número. Otra vida inteligente podría usar otras formas de representar los números, otros sistemas de numeración (es más: otra vida realmente inteligente no usaría un sistema de numeración en base diez). Ahora calcularé la raíz digital del mismo número de arriba de dos maneras diferentes.
  • En base 8:
104 373 066 732 → 52 → 5+2 = 7.
  • En base 12, la mejor:
1 946 716 076 → 4B → 4+B = 13 → 1+3 = 4.

Así, jugando con otras bases de numeración, el "número místico" de la definición internacional de segundo es diferente, y su destino será más favorable o más adverso. La numerología en base 10 limita a nueve tipos de personalidad posibles; en la de ocho hay menos tipos, y en la de doce un par más. ¿Cuál elegir? ¿Cómo asignar características a cada cifra? ¿Y si el sistema no es posicional, si funciona de otra manera, como el de los romanos? La imagen que sigue tiene, alrededor del pentagrama, los números del 1 al 5 escritos, cada uno, en un sistema diferente usado en la actualidad.

Ese es el segundo error conceptual: suponer que el sistema de numeración que utilizamos es el único posible, el que viene por defecto con el universo. En matemáticas hay algunas cosas que se descubren y otras que se construyen intencionalmente; unas que son propias de los objetos matemáticos (como que 17 es primo o que toda circunferencia mide 2π veces su radio) y otras que son consecuencia de nuestras decisiones (como que 17 se representa con dos garabatos o que toda circunferencia se divide en 360 grados). El sistema que utilizamos para representar los números es una decisión nuestra, y hay operaciones que dependen altamente de esa decisión, la raíz digital en primer lugar. Y ni hablemos de que el calendario que usamos para darle un código al instante de nuestro nacimiento también es una invención humana. (No sé, a mí me suena como si hubiera gente que estudia nuestros destinos según los dibujos que vieron en el cielo estrellado los miembros de una cultura en particular, hace milenios.)

Lo que hace la numerología es, entonces, extraer conclusiones de unos códigos sin valor numérico tras aplicarles una operación numérica, y además esa operación no es propia del número ni como cantidad ni como código. ¿Veis que es absurdo?

La ciencia, que también aplica operaciones inventadas sobre códigos convenidos, lo hace con dos diferencias: busca que esos códigos y esas operaciones describan el mundo de la manera menos arbitraria posible, y, sobre todo, sabe que puede equivocarse en cualquier momento e incluso busca equivocarse para poder mejorar.

Claro, no escribo esto para darle pantalla a la numerología, ni a ninguna otra forma de superstición. Lo hago sobre todo como excusa para enseñar conceptos que creo que toda persona debería conocer para entender mejor el mundo, abrirse a más posibilidades y no dejarse engañar.

Incluso en medio del encierro y el aislamiento en que nos tiene esta pandemia, hay que mantener la cordura. Al menos a cierto nivel. Y mantenerse activo. Y descansar. Dormid bien, y soñad con un sudoku de estrellas y corazones.

miércoles, 22 de junio de 2011

La asunción del ateísmo

La última sección es el núcleo de este artículo: presenta mi postura respecto de la existencia de Dios; en ella digo por qué digo que soy ateo. La primera sección es perfectamente omisible; es, como suelen ser mis primeras secciones, una presentación de algo que no tiene relación alguna con el tema central pero de alguna forma converge a él; en este caso, presento a un vecino (como rescatando la idea original de los weblogs). Luego vienen dos secciones que presentan unos apartados interesantes sobre teología, epistemología y lógica matemática, y dan sustento a la parte fundamental.

 

Un hombre tardíamente curioso

Vivo en un noveno piso, en un apartamento 802, y el vecino del 801, cuyo número de cédula tiene cinco dígitos, es un hombre curioso que de vez en cuando me invita a almorzar al centro para charlar de cosas varias. Me da la impresión de que su curiosidad empezó muy tarde. Es abogado. No tiene una pizca de elegancia para comer. Considero de buen augurio cuando sus calcetines juegan con su pantalón. Se deja crecer el pelo de un lado para peinárselo hacia el otro sobre la calva. Es religiosamente ateo: de la misma forma en que mi abuela repite frases evangélicas y tiene el alma llena de fervor cristiano, así él repite consignas marxistas y tiene los bolsillos llenos de apuntes contra Dios. (He de aclarar: no es marxista, ni nada parecido.) Cada vez que estamos charlando juntos con él, mi padre y yo nos miramos con picardía, preguntándonos cómo es que fue profesor universitario durante tantos años.

Hace preguntas de esas de las que la educación superior te inhibe cuando joven, porque si nadie las ha respondido luego de tantos años y tantos libros, un par de sujetos corrientes como mi padre y yo no podrán responderlas en una hora de visita, así haya más de cinco mil libros alrededor. Cosas como: «Y bueno, ¿cómo es esa vaina de los átomos? ¿Eso qué es?» Comprensivo como ateo sin dogma y paciente como maestro de toda la vida, mi padre se toma el tiempo de contarle lo que sabe sobre el tema, siempre con las respectivas referencias históricas y construcciones intelectuales. Saca un par de libros, lee unos fragmentos, hace memoria…

También gusta de preguntar por opiniones personales: «¿Qué piensas tú de la cosa esa de los curas pederastas?» Escucha atento lo que se le dice, pero siempre, en medio de la respuesta, como si jamás la hubiera esperado de verdad, aprovecha alguna idea mencionada para inquirir sobre otro tema. Entonces hay que decidir si continuar con la respuesta truncada y arriesgarse a que se acumulen más preguntas, o abandonar el discurso interrumpido (sobre el que, tal vez, volverá a preguntar luego) y atender el nuevo cuestionamiento. Varios amigos de la familia han sido víctimas de sus entrevistas, cuya forma pueril nos saca sonrisas, y nos entrena para las clases que vendrán.

Si no estoy equivocado, fue él quien un día formuló una pregunta cuya larga respuesta es resumida en la siguiente sección. Si no fue él, espero no haber perdido mi tiempo presentándolo; en todo caso, creo que resulta un personaje divertido.

 

La prueba de Dios

No recuerdo cuál fue exactamente la pregunta, pero la respuesta llevaba a contar la historia de la búsqueda de la prueba de la existencia de Dios (es en momentos como este cuando deseo que el español tenga caso genitivo). Hágale usted a mi padre cualquier pregunta sobre historia de la filosofía, y desde presócrates hasta el siglo XX va enlazando teoría tras teoría, paradigma tras paradigma, con todo detalle.

El primer momento de la historia de la búsqueda de… (eso) es, desde luego, la prueba de Aristóteles por medio de la Causa Primera. Una cosa prácticamente indiscutible, si no se percibe la petición de principio, que fue afianzada más tarde por Santo Tomás de Aquino. La cosa es sencilla: todo lo que se mueve, se mueve porque algo lo mueve. Pero no puede ser que haya una cadena infinita de causas motoras; necesariamente hay una que se mueve por sí misma y da el primer empuje a las cadenas. A esa cosa que se mueve sola la llamamos Dios. No sobra recordar que para Aristóteles el significado de movimiento va más allá de un asunto espacial.

También está la prueba de San Anselmo de Canterbury. Después de definir a Dios como «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», supone que exista sólo en el pensamiento y no en la realidad. Pero una cosa que existe en el pensamiento y en la realidad es claramente mayor que una que solo existe en el pensamiento, luego Dios, como solo pensamiento, no sería «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», y por lo tanto también existe en la realidad. No es difícil ver los problemas formales de definición que tiene esta prueba.

Luego viene la prueba de Descartes, hermosa pero llena de críticas. Intento dudar de todo lo que pueda y descubro que, puesto que dudo, no puedo dudar de mí mismo. Luego yo existo, al menos como una cosa que piensa. Para existir necesito provenir de algo mayor o igual que yo y que cualquier individuo que yo pueda llegar a ser. Si puedo llegar a ser sumamente bueno, o tener todas las cualidades en grado muy alto, aquello de lo que provengo ha de tener todas las cualidades en un grado más alto todavía, uno máximo, infinito. A esa cosa que acoge todas las cualidades en su máxima expresión, y que existe porque yo existo y pienso y cambio, la llamo Dios.

Hay varias otras. (Y a pesar de estos hermosos argumentos para afirmar que Dios existe, la gente utiliza la Biblia. Sí, es un gran texto, pero apoyo el trino de Alberto Montt: "Querer demostrar la existencia de Dios citando la Biblia es como probar la de Supermán con un cómic.")

 

Actos de fe

En todo caso, ninguna de esas pruebas me convence. Sobre todo porque, saliendo de los discursos teológicos, hay otros textos que se han metido con mis convicciones sobre lo existente. Y más que sobre las convicciones mismas, se han metido con la forma de esas convicciones.

Durante el primer semestre de 2010 tuve bastante relación con la epistemología de la ciencia. Por un lado, inscribí un curso llamado Epistemología de las Ciencias Naturales. Por otro, fui monitor de un curso llamado Metodología de la Investigación I, que en su primera parte trataba el tema. Y por otros lados me llegó más información. Luego de Bacon y Descartes venían Berkeley y Hume. En suma, sus discursos me hicieron rondar la idea de que nunca podemos estar seguros de cuál es la “verdadera realidad”. Y respecto de esto hay un cuento muy bonito, Las gafas de Pigamalión, escrito por un señor gringo Stanley con el insensato y sibarita apellido Weinbaum (árbol de vino).

Y si el discurso filosófico no es suficiente; si los textos de Berkeley, Hume y otros resultan demasiado etéreos en términos de rigor lingüístico, no os preocupéis: existe la prueba formal. Un señor llamado Kurt Gödel, que tenía una creatividad tan grande e impactante como los labios de Carlos Ariel Sánchez, demostró matemáticamente lo que se puede resumir en esta frase: Toda teoría es un acto de fe.

En realidad, la cosa es un poco más complicada, pero no mucho. Si un sistema puede “entender” los números naturales (0, 1, 2, 3,…), entonces existe algo que ese sistema no puede probar ni refutar. Más interesante todavía: si tal sistema es consistente, es decir, si no se contradice, entonces no puede probar su propia consistencia; no puede probar que no se contradice. Lo que nos deja con el sinsabor de desconocer si la teoría con la que estamos trabajando se contradice o no: si no lo hace, no podemos verificarlo. Y, por supuesto, si podemos verificarlo, entonces sí se contradice.

En el párrafo anterior podemos entender sistema de muchas formas: como teoría científica, como corriente filosófica, como ideología e, incluso, como religión. El caso es que pueda en ella entenderse el conjunto de los números naturales. O sea que es cosa de fe creer si Dios existe o no (toda religión comporta cronología, luego entiende los números naturales). Pero lo es también creer en el big bang, o en la química cuántica. O en cualquier ideología política, como es ben sabido.

 

La asunción

En resumen, considero que cualquier creencia religiosa es indemostrable: eso es lo que se llama agnosticismo, y yo, en rigor, vengo siendo agnóstico. Entonces se me presentan tres opciones: a) dejar así, como un agnóstico en todo el sentido de la palabra; b) asumir que Dios existe y vivir en concordancia con ello, o c) asumir que Dios no existe y vivir en concordancia con ello. Son tres las razones principales por las cuales me siento más cómodo con la tercera opción, y digo que soy ateo:

1. Esta es la razón más débil de todas, porque personajes como Stalin y Mao son grandes contraargumentos. Además, es la más clichesuda y señoritera de todas las justificaciones para el ateísmo. Se trata, cómo no, de la cantidad de guerras, masacres, desastres y persecuciones debidas al fanatismo religioso de muchos. Lo de siempre: las cruzadas, la inquisición, el terrorismo de Al Qaeda…

A esto le añado el hecho de que Dios, de existir, sería un tipo de lo más cruel e injusto, como lo muestran la pobreza y el hambre de más de un montón de gente. Son razones como las que aduce el señor Dross, que a punta de fanatismo ateo ha ganado seguidores, y detractores, cómo no. Pero Dross falla en su tesis: dice que tales actos prueban la inexistencia de Dios. Y eso no tiene sentido.

2. Hay decisiones grandes que se toman para, con base en ellas, tomar decisiones futuras. Yo decidí que las buenas decisiones de esa clase son las que permiten liberar a las decisiones futuras de la mayor cantidad posible de condicionamientos. Y, claro, si decido que no hay un juez supremo que sopese mis acciones, entonces soy más libre de decidir.

3. Supongamos que tomara la opción b y asumiera que Dios sí existe. Entonces, tendría que escoger cuál es el dios que existe: ¿b1) Alá, b2) Yahvé, b3) Baal? ¿Por qué sólo uno? ¿Por qué no dos, tres, siete, b4) el panteón griego, b5) el escandinavo? ¿Por qué no b6) el animismo, y que cada cosa existente sea un dios? Ante esta ramificación infinita prefiero no complicarme. Para asumir un dios hay que decidir cuál. Negarlos a todos es más práctico. Y la historia de cada uno de ellos me parece tan rebuscada como la de cualquier otro. ¿O qué es menos fantástico, un tipo que hace diluvios y castiga con plagas e infanticidio masivo, o uno que lanza rayos y castiga con cargar una piedra eternamente? (El segundo es, al menos, más pedagógico.)

Entiendo que otras personas se sientan más cómodas asumiendo que existe algún dios, para sentirse protegidas, acompañadas o por algún otro motivo. Yo, que conservo otros amigos imaginarios y tengo varios reales, no siento esa necesidad.

En todo caso, hay muchas religiones y creencias ateas, como el budismo, tan puro, o la ciencia, tan contradictoria. Entre ellas también hay que elegir alguna. Que me incline por la segunda puede ser un simple asunto de moda (!).

 

Bibliografía

  • Santo TOMÁS de Aquino. Suma contra los gentiles. Editorial Porrúa S. A. México D. F., 1991. Traducción por Carlos Ignacio González, S. J.
  • San ANSELMO. Proslogión. Ediciones Orbis S. A. Buenos Aires, 1984. Traducción del latín por Manuel Fuentes Benot.
  • DESCARTES, René. Discurso del método. Grupo Editorial Norma. Bogotá, 1992. Traducción del latín por Jorge Aurelio Díaz A.
  • HUME, David. Investigación sobre el entendimiento humano. Grupo Editorial Norma. Bogotá, 1995. Traducción del inglés por Magdalena Holguín.
  • (No logro precisar el texto de Berkeley. Creo que es el Tratado sobre los principios del entendimiento humano. De hecho, parece la única opción. Pero, insisto, no logro precisarlo, ni lo voy a releer a estas alturas del artículo.)

sábado, 9 de abril de 2011

Anaforismos

[La larga ausencia carece de excusa por un tiempo. Luego llega una excusa: un rayo partió la board de mi computador de escritorio, en el que tengo los borradores; regresó hace un par de días, con los borradores intactos.]

Agradezco y dedico a Carlos Fernando Rivera esta entrada. Haberle ayudado como monitor en sus clases y haber escuchado sus observaciones sobre los temas aquí tratados es lo que más le da contenido al artículo.

Aforismos

Oscar Wilde me parece un escritor de maravilla. Me encantó El retrato de Dorian Grey; El cumpleaños de la infanta me dejó pasmado; estallé de risa con El fantasma de Canterville; La balada de la cárcel de Reading, cada vez que la ojeo, me arremolina por dentro… Se suele hablar de su estilo aforístico, de la naturalidad con la que emite frases cortas y profundas. Verbigracia: «El deber es lo que esperamos que hagan los demás.» «Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre siento que debo de estar equivocado.» «La belleza es muy superior al genio. No necesita explicación.» «Mentir, decir cosas inciertas maravillosamente, es la finalidad adecuada del arte.» Y muchas más.

Durante algún tiempo me dio por hacer eso de condensar ideas en frases cortas. No era por copiarme de Wilde, al que entonces conocía todavía menos. Lo consideré un símbolo de tener ideas claras, y una muestra de ingenio. Emití, por ejemplo: «La vergüenza es la consecuencia de la inconsecuencia.», que suena un poco rimbombante pero me pareció una buena definición. Estoy escribiendo un ensayo cuya tesis es otra de esas frases que hice: «La vida social no es compartir lo personal; es compartir lo propio.» Hay otra, como la anterior, que habla de mi forma de relacionarme con las personas: «Buscar defectos en los hombres es un defecto de los hombres.» (Ahora uso Twitter, como se puede ver a la derecha.)

Existen los dendrólogos, expertos en árboles; los nefrólogos, expertos en anomalías del riñón. Cosas así rebuscadas. Como los paremiólogos, expertos en frases cortas. Son esa gente que recoge, estudia y clasifica los refranes, los aforismos, los epitafios, los dichos… A esas frases se les llama paremias. Y esos estudios se usan en historia, en antropología, en sociología, en psicología, en lingüística… Yo no soy paremiólogo ni mucho menos, pero quiero hacer una inusual clasificación para una usual aplicación de las paremias: me voy a fijar en aquellas que incluyen deícticos, y las voy a aplicar a la correcta escritura de la lengua española. Antes de explicar qué es un deíctico, confieso el objetivo de este artículo.

Tengo un amigo que tiene como uno de sus sueños construir una casa para encerrar a sus amistades en sendas habitaciones, de modo que todos quedemos expuestos ante nuestra mayor fobia. Se había preguntado qué poner en mi cuarto, hasta que un día lo descubrió y me hizo descubrirlo: tapizaría los muros con faltas ortográficas y sintácticas. Estallaría en alaridos ante ello. Casi de seguro lloraría. Es que soy algo compulsivo con el uso del correcto español. Veo un cartel en la calle con una tilde de menos o una coma de más, y saco bolígrafo. Y tras tantas revisiones gramaticales contratadas (pagas y no pagas), he decidido cuáles son los tres errores más generales que comenten los estudiantes al escribir textos académicos. El primero es de carácter estilístico, el segundo de carácter sintáctico, y el tercero, el más interesante, de carácter filosófico. Y ahí vamos.

1. Falsa compacidad

Conocí la palabra deíctico gracias a Carlos Jacobo (sí, Jacobo es el apellido), director de la Sala de Invidentes de la Universidad Nacional de Colombia, ciego por un balazo, filólogo, o algo parecido; hablábamos de cosas varias, y un día me habló de pedagogía, y de los profesores que abusan de los deícticos, creyendo que el tablero lo soluciona:

—Entonces ustedes cogen esto de aquí y lo relacionan con esto otro, y por medio de este proceso de acá llegan a esto.

—Disculpe, profesor —pregunta el ciego—. ¿Qué quiere decir “esto de aquí”? ¿A qué se refiere con “esto otro”? ¿Cuál es “este proceso de acá”? ¿Llegamos a qué?

La mayoría de los profesores, según me contaba Carlos, se molestan ante estas preguntas y exclaman para sus adentros «Qué cieguito tan cansón.» (pero lo revelan en los gestos), y, a veces, de mala gana, responden. Claro, no son todos. Desde entonces decidí que, dado que ser un gran maestro es mi principal sueño, jamás me excederé con los deícticos y por el contrario procuraré evitarlos del todo, por repetitivo que pueda llegar a sonar.

Los bachilleres acostumbran usar muchísimos deícticos, y acostumbran, al mismo tiempo, no saber usarlos. Es como si usted se bañara todos los días, pero sin jabón. Existen tres tipos de deícticos: los deícticos anafóricos, los deícticos catafóricos y los deícticos exofóricos. Retomemos a Wilde para el caso anafórico: «Cualquiera puede hacer historia; pero sólo un gran hombre puede escribirla.» La partícula -la al final de todo se refiere a la historia, que fue mencionada antes. La catafórica se da cuando el referente es mencionado después, como el referente de cosa en «No hay cosa más difícil, bien mirado, que conocer a un necio si es callado.» de Alonso de Ercilla. En la exofórica, no se menciona el referente, está afuera: «¡Si será modesto que se cree inferior a sí mismo!», dice Álvaro de Figueroa y Torres de alguien indefinido.

Pero obsérvese el siguiente caso, tomado de Defensa apasionada del idioma español [1]; en realidad el autor usa el extracto como ejemplo de mala escritura y está plagadísimo de errores (sí, ese par de renglones), pero yo me permito corregir lo que no concierna a nuestra charla sobre deixis: «El servicio de televisión satelital estará suspendido alrededor de cuatro días, durante los cuales se harán impermeables las mismas.» ¿A qué hace referencia ese “las mismas”? Sí, a unas antenas, pero no son “las mismas” antenas.

Pero el primer error común de la lista va más allá de los solos deícticos. En un intento por decirlo todo en pocas palabras, la gente suele abusar de los conectores y sacar cosas como esta:

“El hombre es considerado como el máximo exponente evolutivo dentro de las diferentes especies vivas del planeta, pero después de innumerables estudios, se ha concluido q’ el diseño inteligente de este, no es perfecto, puesto q’ sufrimos de variadas limitaciones físicas y capacidades, vulneración a enfermedades, etc, dadas como consecuencia del proceso evolutivo; q’ en otras especies son inexistentes tales como la vena várice en algunos mamíferos, visuales en aves y peces) o superables como la pérdida de extremidades q’ en algunos reptiles pueden ser regenerados.” [sic] [2]

A eso me refiero con la falsa compacidad. Todo eso, dicho en cuatro frases cortas, habría estado mucho mejor expresado (si bien el contenido tampoco es el correcto).

Mi pelea, más que con la deixis mal usada, es con los conectores en general: “puesto que, ya que, por lo tanto, por ende (especialmente feo), pues,…” Exagerar en su uso equivale a decirle al lector: «Es usted un tonto al que debo decirle qué relación causal tienen estas frases.» Y bueno, si la relación causal quedara bien expresada, me estremezco callado; pero muchas veces el conector es usado a modo de comodín para ensartar otra idea, sin importar el significado mismo del conector. En tales casos, me estremezco a gritos (en vez de “en tales casos”, podría haberse visto ahí un despistado “por lo tanto”).

Recomiendo observar la concreción de las frases de Daniel Coronell o la contundencia de Marguerite Duras, de quien hablaré a continuación. El segundo error común está bilateralmente relacionado con este primero.

2. puntuación improvisada

Tengo una lista jerárquica de cuatro textos encabezada por la puntuación más clásica y culminada por la más revolucionaria:

  • Ursúa de William Ospina
  • El mal de la muerte de Marguerite Duras
  • La tejedora de coronas de Germán Espinosa
  • El cuento de la isla desconocida de José Saramago

(En todos los casos, salvo el de Espinosa y levemente el de Saramago, es posible sustituir el título por cualquier otro del mismo autor.) También me mantengo pendiente de coleccionar fragmentos destacados por la forma en que muestran el buen uso de la puntuación. Quiero conseguir todo el material posible, y el mejor posible, para elaborar un curso completo sobre puntuación, lleno de lecturas y talleres; uno que tenga tal rigor y exija tal dedicación que me consideren loco por proponerlo para un semestre. Que sea un curso obligatorio para todo el que quiera ser bachiller, como lo es ese curso de paremias para regañar que reciben la madres. Porque puntuar no es fácil.

Puntuar no se limita a saber la lista de funciones de cada uno de los signos de puntuación. Eso no hay que aprenderlo como un analfabeto se aprende la lista de compras. Se aprende al ver el buen uso y aplicarlo. El problema de fondo con la puntuación no es, entonces, de memoria; es de estilo. El de fondo es de estilo. Pero aquí en la superficie, en muchos de los estudiantes que me cruzo a diario, está el problema de atención. En la misma búsqueda por decirlo todo en una sola frase quilométrica, olvidan para qué sirve cada signo.

Y si escribirlo todo en una sola frase es elegante, atravesar en ella comas y punto y comas lo es todavía más. Indica que la persona no sólo está redactando sus ideas, sino que de una vez le está indicando a su lector dónde van las pausas y dónde los énfasis. Pues no. Los énfasis y las pausas han de verse en lo escrito en sí mismo, no en una puntuación inventada; la puntuación se lee con pausa, pero no es para pausar. (Y no sobra comentar que los énfasis se evitan, pero si hay que ponerlos, se usa cursiva. O se subraya, si su letra de puño no incluye bastardillas.)

¿Veis que no es fácil puntuar? En este artículo, por ejemplo, aparece siempre bien usado el punto y coma; pero aparece tantas veces que aburre. Eso se arregla aprendiendo a puntuar.

3. Demasiada obediencia

Descubrí la razón por la cual muchos jóvenes no gustan de los libros Ética para Amador y Política para Amador de Fernando Savater. Tiene que ver con los aforismos también; es decir, esto sí tiene que ver con los aforismos. Son jóvenes que están acostumbrados a que les digan cómo ser y qué hacer No necesariamente sus padres, ni sus maestros. Pero sí les dice cómo ser el parche de metaleros del barrio, o la manada de poquemones del centro comercial, o el orientador vocacional de su colegio, si bien este último puede no estarlo haciendo a propósito. El problema es del muchacho. Antes que la literatura ensayística de los trabajos de Savater, prefieren la sentencia fácil de los libros de Coelho, o de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Voy a explicarlo mejor:

Los libros mencionados de Savater (de los cuales he leído solo el primero, así que hablaré únicamente de él) son muestras ejemplificadas de una estructura de pensamiento; se presenta en qué consiste la ética, qué fenómenos estudia, en qué ramas se divide, y da ejemplos basados en sus propias reflexiones al respecto; dice: esto es lo que yo he pensado y lo que yo he concluido frente a estos temas (el respeto, la compasión, la piedad…); pero en ningún momento sugiere siquiera al lector obedecer los preceptos que él ha construido para sí mismo. Al contrario: invita al lector a reflexionar por su cuenta sobre esos temas y tomar sus propias decisiones.

Por otro lado, los textos de Sánchez, por ejemplo, lanzan verdades aforísticas sobre la moral cristiana: le dicen al lector cómo es el mundo y cómo debe comportarse respecto de él. No invitan a la reflexión. Imponen la verdad. Están construidos de modo que quien los lea concluya lo mismo que concluyó el autor, no importa si con los mismos argumentos. Esbozan un hilillo que culmina en frases rimbombantes de poco significado.

En eso consiste el tercer problema. Al estudiante le dicen el aforismo: «Joven, no se dice “habemos”, se dice “hay conmigo”.», y el estudiante repite obediente: «Hay conmigo dos mil personas en la protesta.», en vez de pensar: «Hey, eso suena muy feo. ¿No sería mejor “estamos, somos, participamos” o alguna otra expresión bonita que se ajuste al contexto? ¿Qué tal “En la protesta nos hicimos sentir dos mil personas.”?» Se le advierte: «No se dice “hubieron”.», y el estudiante trata de tonto al que escribe un correcto «Hubieron de llamar a la policía, porque el asunto se estaba complicando.» Se le enseña (erróneamente): «La coma representa una pausa.», y el estudiante, queriendo introducir la entonación desde el papel, escribe: «Romeo, se ha, suicidado. Yo, no podré, vivir más.», cuando existe una norma que prohíbe separar el verbo de sus acompañantes directos (sujeto y objeto) con una coma. Porque la coma no es para detenerse.

Ni los aforismos para seguirse al pie de la letra. Todas esas frases tienen una reflexión de fondo; no se valen por sí mismas. Hay que conocer, para entenderlas bien, los conceptos que a su alrededor construye el autor; los que lo llevan a formularlas. Y hay que conocerlos no para hacerles caso, sino para ver ejemplos de cómo se construye un hilo argumental, de modo que el estudiante construya el propio y “haga su propia frase”: llegue a su propia conclusión.

Pero me desvío del tema. Quiero decir que las fórmulas preceptuadas no tienen por qué ser las mejores. Por ejemplo, comenzar un comunicado con «Por medio de la presente…» me parece grotesco: da la imagen de una persona que, a falta de la capacidad para redactar sus ideas, las pone en un formato en el que sólo con mucha suerte encajarán; y tampoco se preocupa por que encajen.

Hasta aquí la crítica ejemplificada. Antes de las recomendaciones, me atrevo a prometer que traeré más ejemplos sacados de estudiantes. Eso para próximas entradas, o para Twitter.

Respectivas recomendaciones

1. No intente condensarlo todo en una sola frase. Utilice frases cortas. El lector es lo suficientemente inteligente para entender la conexión entre ellas.

2. Sólo ponga signos de puntuación donde esté seguro de que no hacen daño. Antes de apostarse a escribir, apóstese a leer un rato.

3. No me haga caso. Escriba como le plazca.

Nota bene. El libre albedrío debe ser interpretado, y sólo se adquiere tras el conocimiento del terreno en el que de él se disfruta.

Notas bibliográficas

1. GRIJELMO, Álex. Defensa apasionada del idioma español. Punto de Lectura. Madrid, 2004.

2. Como parte de un examen parcial, los estudiantes del curso Metodología de la Investigación I de la Universidad Nacional de Colombia (período 2010 – II), del cual yo era el monitor, debían identificar el argumento del artículo “El diseño inteligente: Voltaire y las hemorroides” de Héctor Abad Faciolince. El enlace oficial en la página de la revista Semana está roto.

3. Un montón de citas sacadas de Wikiquote y con sus respectivos créditos.

4. Un montón de textos mal escritos a los que por decencia no pongo créditos.

sábado, 24 de julio de 2010

Idioma paz

En coincidencia con las fechas de elecciones presidenciales del año 2010 en Colombia, y recordando lo que logró la Séptima papeleta en el año de mi luz, un nuevo proyecto de nivel nacional se está esparciendo. Se le llama Mandato por la Paz; lo conozco debido a mi trabajo con la Personería de Bogotá, y he tenido ganas de participar en él; aún las tengo. Este artículo sin cháchara introductoria y con pocos chistes de ocasión lo escribo para presentar seriamente las razones por las que no lo he hecho, la propuesta de cambio que tengo y el comprometedor trabajo que en ella desempeñaría.

Espero no ser la única persona que quedó aguardando más discurso cuando se le presentó el proyecto. Me hablaron de él, y hubo dos cosas que no encajaron bien en lo que yo categorizaría como proyecto político o social de amplitud nacional. La primera que menciono es la segunda que surgió y es la menos relevante de las dos, pero más tarde servirá como desvío hacia mi propuesta; se trata del exceso de parsimonia y ritualidad en que consiste la propagación directa del Mandato, y se complementa con la mención de que incluso la firma con la que cada quien se compromete a divulgar el proyecto es simbólica casi en absoluto, cosa que fue efectivamente dicha por las cabezas organizativas; la incompleta pertinencia de esto será tratada más adelante. La segunda objeción es la que fundamenta la presente réplica; es, principalmente, que los objetivos específicos están incompletos, y el hueco es grande, pero para explicarla bien me extenderé un par de párrafos.

Cuando se me mencionó Mandato por la Paz comencé a sentir que flotaba por encima de las nubes y a esbozarme un paraíso; cuando se habló de recolectar firmas y repartir volantes, y cuando unos amigos me comentaron que hicieron tal cosa bajo la lluvia, descendí un poco y entendí que para subir a ese paraíso necesitaba primero estar debajo de las nubes. Seguía, sin embargo, muy arriba. De allí no bajé más, y nunca descendí suficiente: me quedé esperando a que me pusieran en un punto que no incite al vértigo. Quiero con esto decir que la propuesta está muy abstracta en este sentido:

Su objetivo es claro: comprometer al presidente electo con el artículo constitucional que reza: «22. La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.», que por demás forma parte del capítulo De los derechos fundamentales. El hecho de que el presidente represente al pueblo no significa, por supuesto, que de su concepto de paz dependa nuestra armonía futura. Significa, por el contrario, que de nuestro concepto de paz dependen sus acciones en ese sentido, sin importar si sus ideas al respecto coinciden. ¿Pero cuál es el concepto de paz de los colombianos como pueblo? Eso no existe, por una razón de naturaleza semántica y moral: En una conferencia dada por Timothy Reagan el año pasado titulada The Construction of Language, se cita la siguiente aseveración del historiador Carl Lotus Becker:
Cuando me topo con una palabra que no me es familiar en absoluto, me parece una buena idea buscarla en el diccionario y encontrar qué piensa alguien más que significa. Pero cuando tengo que usar con frecuencia palabras que son perfectamente familiares a todo hombre, palabras como causa, libertad, progreso y gobierno; cuando tengo que usar palabras de esta clase, que todo el mundo conoce perfectamente bien, lo más sabio que puedo hacer es tomarme una semana y pensar en ellas. “Idioma” es un caso maravilloso, a mi modo de ver, de palabra para tomarse una semana. Es uno de esos términos que usamos todo el tiempo y asumimos que sabemos lo que queremos decir con ellos. [No sé cuál es la publicación de origen. La traducción del inglés es mía.]
Para el caso, imaginad que la palabra “idioma” es sustituida por “paz”. He ahí el problema del término. La tesis de la conferencia es “no existe cosa alguna llamada inglés” (there is not such a thing as English), como idioma, y esto lo generaliza para cualquier lengua. Su sustento principal es la cita anterior, que evidencia la indefinición del concepto mismo de “idioma”. (Hay un problema de traducción que resuelvo en este paréntesis: en inglés existe la feliz coincidencia, feliz para este caso, triste para otros, de que “language” significa tanto “idioma” como “lenguaje”. Me pareció, dada la tesis, que el primer término resultaba mejor aquí.) Y así como no existe algo llamado español, una lengua de igual naturaleza conceptual en más de un individuo, tampoco existe el idioma “paz”. Sin embargo, todos tenemos una idea de lo que es; cada quien, luego de su semana libre, le ha dado un significado. De allí, y de que la Constitución lo exige, que sea necesario construir un concepto de paz para Colombia. Si hemos llegado a acuerdos de tanta aceptación como la Declaración Universal de los Derechos Humanos o, aquí adentro, la misma Constitución de 1991, creo que se puede establecer una idea general y generalizadamente aceptada de lo que entendemos por paz. Que resulte una larga lista de ideas sueltas, un discurso argumentativo o una síntesis de tres palabras depende ya del método y de los participantes.

Insisto en que quiero trabajar con el proyecto. Los amigos que han estado activos me comentan que son llamados a horas novelescas para asistir a jornadas de repartición de volantes y recolección de firmas; y a pesar de que considero esto importante, pues un proyecto nacional sin firmas ni respaldo es una rana coja (o peor, una cana roja), no es el tipo de trabajo para el que me haría miembro activísimo del equipo; lo haría, claro, pero durante los ratos libres del horario de oficina que me impondría la siguiente propuesta. Me preguntaba yo, mientras lavaba la loza (porque qué mas se hace en esos momentos), cómo trabajaría en el proyecto, y me imaginaba leyendo informes, y redactando síntesis, y enviando cartas, oficios y memorandos desde las cumbres de un escritorio atiborrado; un trabajo organizativo. Recordemos que el resultado depende del método. Fue entonces cuando, completando el tercer párrafo, caí al suelo amortiguado por voces ávidas y resmas y resmas de papel; mi imagen significante de Mandato por la Paz dejó de ser una pluma flotante del ave más aburrida que exista y se convirtió rápidamente en algo duro, bonito, diverso y teleológico, como un anillo de topacio y corindón.

Recordé la conformación altamente participativa del Plan Nacional Decenal de Educación, que recogió ideas de todas partes y por muchos medios, generó representatividades y consolidó un documento de construcción democrática; yo estuve ahí. Pero ¿por qué generar nuevas representaciones si ya existen unas seleccionadas por votación popular, o sea, al menos en principio, aceptadas? Se usen ésas o se generen otras, el trabajo de recolección de firmas tendría una nueva tarea, una concreta: preguntar a cada transeúnte abordado: «¿Qué piensa usted que es la paz?»; por ése y otros medios se terminaría construyendo un documento final. Yo me ofrezco como recolector y organizador. Así el proceso es menos simbólico; yo mismo, como estudiante de matemáticas y estudioso de la lingüística, la semántica y la semiótica, sé que los símbolos son una cosa muy importante; pero fuera de sus propios campos de estudio, en los procesos reales, deben subordinarse a las entidades y, sobre todo, a las acciones que representan. Mi posición al respecto esta expresada en el artículo Caminando con los dedos.

¿Para qué el documento final, y por qué declaro con tanta seguridad que no es algo simbólico sino una acción concreta? En primer lugar, para que el presidente electo Juan Manuel Santos, cuando reciba el Mandato este 7 de agosto de 2010, no nos haga depender de lo que él entiende por paz, sino que haya ante qué reclamarle legalmente en caso de que no atienda la idea del pueblo. No pretendo, desde luego, que en las dos semanas que quedan se tenga consolidado el trabajo; pero en cuanto esté listo se le lleva al presidente y se le dice: «Mire, usted se comprometió con esto.» En segundo lugar, porque si existe un concepto definido de paz, todo mandatario, y todo ciudadano, va a tener obligación de cumplirlo, porque la constitución lo dice y se va a saber a qué se refiere exactamente cuando lo dice. Así, incluso —y disculparán los gestores—, el Mandato resultará un objeto protocolario dispensable.

Propongo ese cambio de enfoque, y lo dirijo a Pablo Rueda & children, cabezas iniciales del Mandato, si no me equivoco; ofrezco mi tiempo, mi paciencia burocrática y las habilidades discursivas que se me quieran admitir. Me presto para discutir este orden: Bien sea apelando a ediles, alcaldes, concejos, gobernaciones y senado, o inventando un complicado sistema cuya financiación requeriría mucho tiempo y varios proyectos adicionales, la misión del Mandato por la Paz sería impulsar una actividad masiva y democrática de manera que en adelante se dedique a hacer veeduría y codear por el costado a las entidades que laboren en la construcción de un papel oficial que diga: «Esto es la paz para los colombianos, dos puntos…» Punto.

martes, 29 de junio de 2010

De hominum decreta


Presentación
A veces afirmo, queriendo creerlo verdadero y no sólo un ideal de mi mente, que cada ser humano es como decide ser. Sin embargo, me consta y a todos nos consta que existen personas cuya vida y cuyo comportamiento son decididos por otros. Borregos, diríase. Pero no es mi intención primordial el dar ímpetu a estas personas para que corrijan su mirada, ni exponer la manera que considero correcta para hacerlo; quiero, en cambio, presentar una breve caracterización de su clase, y criticar a aquellas instituciones que se constituyen por medio de la influencia sobre este tipo de gentes. Deseo contar, a partir de mi experiencia y mis reflexiones, cuál es mi posición respecto de estos grupos, y cómo la justifico. Exponer tan ordenadamente como me sea posible los argumentos mediante los cuales me atrevo a sostener, con la fuerza de mis propias decisiones, que es más respetable el asesino que decidió ser asesino, que el bonachón que no conoce sus razones.

Estilo retórico
Si me he decidido por utilizar este estilo clásico de la filosofía no es porque me atribuya un conocimiento amplio en ese campo, ni porque me haya sometido a extensas jornadas de lectura que me dejasen con el pensamiento organizado de esta forma, sino por dos razones mucho más simples y poco profundas. La primera es que, aunque no haya leído gran cantidad de textos filosóficos, sí he leído unos pocos, y el estilo que en este texto intento imitar me ha cautivado en ellos como amante que soy de la retórica.[1] La segunda razón es que el tema que quiero tratar tiene un tanto de carácter filosófico, sobre todo en lo referente a la moral. Y he de agregar también una tercera razón, que es la que lleva a todo hombre a tomar decisiones arbitrarias de esta clase: un capricho.

Título
Siguiendo los preceptos de este estilo, tendré que parecer más modesto, o modesto en medida alguna, pues todo lo que de esta forma se diga ha de estar explicado tan a fondo como sea posible, acudiendo a mencionar los límites del saber de quien escribe para que luego no se piense que pudo ir más allá sin haber podido. Así, que el título de este artículo esté en latín tampoco es pedantería, y os aseguro que lo único que sé de latín es suficiente teoría de la más básica para poder componer frases como aquella utilizando un diccionario.  Sólo una fracción de las nociones primeras del saber de la lengua latina me es conocida, y es ésta la que corresponde a los nombres y usos de los casos del nombre y a la lectura de una parte de la tabla flexiva de los verbos. Con algo de estos escasos saberes he logrado componer la frase “de hominum decreta”, que vertido en palabras españolas traduce “acerca de las decisiones de los hombres”. Con ello, y desde el principio, habrán notado los empapados en títulos y autores de renombre en el campo filosófico mi intento por darle a toda esta obra un aire tan clásico que atraiga a los que gozan de la prosa arcaizada, si es que logro pasar por buen replicador de sus figuras.

Elogio de la curiosidad
Hay dos cualidades que yo aprecio por encima de todas las demás en los hombres que las poseen; incluso afirmo que sólo los hombres que poseen una de estas dos cualidades, o ambas, pues es fácil concebir la estrechez que hay entre ellas, me pueden ser caros en alguna medida; y aquellos que no las poseen son personas que de ninguna forma pueden representarme interés, bien sea intelectual o de otra índole. La primera es el deseo imperante de aprender, esa necesidad de conocimiento de la que el maestro Aristóteles habla en su Metafísica, y que él asume como natural en los hombres. Y he de admitir que acierta, en cuanto a que todo hombre busca algún conocimiento. Pero la cualidad a la que yo me refiero es la de buscar todo conocimiento; la de no resistirse a buscar información sobre lo que en algún grado llama nuestra atención. Son de poca estima para mí aquellas personas que se dedican a una sola cosa durante toda su vida, aunque se trate de algo de tanta complejidad como la matemática o la economía. Y así hay unos que administran las más grandes empresas, y jamás se han inquietado por saber quién fue Alejandro o qué hizo Bonaparte, u otros que recitan de memoria todas las leyes de su nación, y las usan para sus labores, pero nunca conocieron la poesía. También hay aquellos que de rimas saben mucho, pero ante un poema sobre la química se contentarían con estudiar su composición literaria, abandonando sin intentos la comprensión de su mensaje. Y como todo se relaciona con todo, y viceversa, es preciso saber de todo un poco; pero también, como hay que ser alguien, identificarse con algo y tener prioridades, es preciso saber de algo mucho. A esta primera cualidad la llamaremos, simplemente, curiosidad. Y habrá la réplica: «La curiosidad mató al gato.», y la respuesta: «Pero lo hizo sabio mientras no cometió el grave error de acercarse demasiado.»[2]

Elogio del capricho
La segunda de estas cualidades que venero es la capacidad de tomar decisiones sin fundamento. Es la cualidad prescrita por el capricho. Y no me refiero, desde luego, a que toda decisión que se considere buena deba estar fundada en un capricho, y tampoco a que toda decisión proveniente de un capricho es buena. Hablo de que la gente caprichosa suele hacer lo que realmente quiere y no aquello que otros le deseen imponer. Así, por ejemplo, a pesar de que muchos de ellos no saben más que de su materia, a los matemáticos los tengo en alta estima, pues, con la excepción de alguna insana imposición patriarcal, no veo otra razón para dedicarse a este estudio que no sea el puro capricho sin accidentes. Y me siento complacido cuando inesperadamente y sin razón visible quienquiera que me acompañe menciona sus deseos inmediatos, o los revela realizándolos. En mi niñez yo solía ser en exceso caprichoso, y no he de sentirme orgulloso de ello, pues era al fin y al cabo la forma descontrolada de tal virtud; pero sí me siento orgulloso de haber conservado en una medida que a mi criterio es justa esa insistencia y ese impulso de no pensar demasiado en todo lo que se me presenta y hacer aquello a lo que mis deseos inmediatos me invitan. Porque, ¿qué gracia tiene una persona que analiza con demasía sus posibilidades antes de actuar? ¿En qué radica su concepto de diversión si no se arriesga a sentir el vacío de no conocer las consecuencias? ¿Cómo es que mantiene una vida en permanente alerta frente a cualquier sorpresa, evitando incluso aquellas que vienen de su propia naturaleza animal? Digo, entonces, que el capricho con mesura es la fuente del regocijo.

Propios e impropios
Afirmo ahora que los curiosos y caprichosos están, con un puesto honorífico, entre los hombres que deciden su propia vida. De esta manera divido a los seres humanos en dos clases: aquellos cuya vida es de su propia decisión, a los que llamaré personas propias, y aquellos cuya vida es decidida por otros; de estos segundos diré que son personas impropias, o, con un poco más de tenacidad y juicio, personas débiles. Se replicará, y con toda razón, que hay quienes toman sus propias decisiones respecto de algunas materias, y las dejan en manos ajenas respecto de otras; más aún, se dirá que así somos todos. Lo concedo. Y es por eso que he de hacer un refinamiento en mis definiciones; he de pulir mi clasificación para evitar al máximo las posibles ambigüedades, que no es mi intención causar confusión con malentendidos ni indirectas, como sí lo hacen aquellos a quienes critico en este escrito. Diremos, entonces, que las personas propias son aquellas que tienen por costumbre inquietarse acerca de su propio comportamiento, dudar de la legitimidad del origen de sus costumbres, y elegir cómo serán en adelante tras una reflexión individual. Las otras, las impropias, serán aquellas que no tienen esta costumbre y cuyas reflexiones sólo suceden, o casi sólo, cuando alguien más las hace percatarse explícitamente de que deben pensar sobre su vida, y dado que se trata de algo que no suelen hacer, se hacen guiar en estas reflexiones por otras personas, en vez de indagar ellas solas al respecto.

Las instituciones que desdeño
En cuanto a las instituciones que he descrito en el primer párrafo como constituidas —nunca construidas— por gentes débiles, éstas también las considero de dos clases, y las demás que pueda haber se compararán con estas dos por simple analogía. Pero, a diferencia de la clasificación que he hecho de los hombres, en la que quien pertenezca a uno de los grupos queda inmediatamente excluido del otro, la clasificación de instituciones sí permite una desagradable intersección. No habrá la necesidad de términos técnicos para definirlas, pues se trata de cosas tan conocidas como las comunidades religiosas y los grupos de formación humana, cuyas actividades, según mi juicio, y creo que el de cualquier persona propia, en las primeras se basan intencionalmente en adquirir adeptos por medio de la influencia sobre sus decisiones no tomadas, y en los segundos igualmente, sólo que tal base no es necesariamente intencional. Las dictaduras y regímenes totalitarios son también unas de estas instituciones, pero no serán tratadas en este artículo; se mencionan para que no se crea que hubo descuido a su respecto, y porque es evidente la tensión con que se encuentran ligadas a aquellas otras dos.

Rescate de los mitos
Y como bien se sabe que sólo luego de haber tenido experiencias se adquieren el criterio y la potestad para juzgar las cosas, manifiesto no sin vergüenza que en varias ocasiones he participado de este tipo de actividades, con lo que, en vez de sentirme emocionalmente afectado, que es el cometido de ellas, he más bien reforzado con más ímpetu mis conclusiones y rechazado más las participaciones de esta clase. Sin embargo, antes de criticarlas severamente he de distinguir unas cuantas que no merecen mi completo rechazo, y en cambio podrían llegar a ser acogidas por mi interés, y son aquellas que tienen por objetivo afianzar las posiciones respecto a las cosas comúnmente aceptadas como verdaderos fundamentos de la sociedad. Por ejemplo, es una verdad comúnmente aceptada en la actualidad el que los derechos humanos son el fundamento de la política occidental —y de algunas partes de oriente—; son lo que se llama un mito: una verdad aceptada por la comunidad que sirve como base a su organización. Yo mismo dudé por un tiempo de la legitimidad de los derechos humanos como fundamento de la política, arguyendo que éstos debían adquirir un carácter más imperativo, pasando casi todos a ser deberes para asegurar la organización del pueblo. Más tarde me di cuenta de que se trataba de una pataleta de joven soñador. Sin embargo aún conservo la postura de que el lema de Colombia se encuentra invertido, y debería más bien rezar “Orden y libertad”, pues ésta sólo se consigue satisfactoriamente a partir de aquél. Sea como fuere, menciono esto para prestar ligera defensa a los talleres que de alguna forma hacen percatarse de ciertas cuestiones útiles, necesarias y socialmente verdaderas, como el trabajo en equipo, la distribución del trabajo o el respeto por los clientes, siempre que se los promueva en su forma más pura, sin juicios que no sean aquellos dados por cualquiera con buen sentido y tras poca reflexión.

La curiosidad como salvación
Recordemos que los curiosos y caprichosos deciden su propia vida. Aquellos que se dejan influir por las mencionadas actividades son los que de caprichosos y curiosos tienen nada o sólo muy poco; porque la curiosidad provoca cuestionamientos sobre el propio comportamiento, y, una vez hechas las reflexiones del caso, el capricho da la fuerza para tomar una decisión lo suficientemente poderosa para no parecer una persona débil e indecisa, y no tan fuerte como para que la radicalidad impida cambiarla cuando el curso de los sucesos así lo implique. Así, una persona sin deseos de conocer, ¿qué va a cuestionarse de su propia existencia, y qué va a afirmar de su propio comportamiento si no que así nació, que así lo criaron, o que así llegó a ser por culpa de algún conjunto de designios ajenos a su intervención? Tal persona no sólo no tendrá bases para juzgarse a sí misma al ignorar tanto sobre los demás, sino que jamás se inquietará siquiera sobre ello. Y si algún aprovechado llegare a sugerirle tales cuestionamientos, entonces tomará uno de dos caminos: el primero será desdeñar la sugerencia porque su escasa curiosidad no alcanza para comprenderla; el segundo será hacer caso, pero al no tener práctica en la búsqueda autónoma de la resolución de sus dudas, no tendrá otra opción que aceptar la guía de aquél que le sugirió tomar alguna, quedando entonces su vida decidida por tal estafador. Si el sugerente es una persona honrada, entonces se rehusará a servir de guía y dejará que el sugerido, por medio de su propia experiencia y ya con la inquietud activa, se conduzca en sus costumbres por sí solo. Pero estos sugerentes honrados jamás se hallarán entre los grupos que desdeño.

Repudio a las falsas experiencias
Por el contrario, el sugerente que no es honrado aceptará guiar a ese que por primera vez se inquietó, y lo someterá a experiencias ficticias, haciéndole llevar una vida imaginada ante la cual tendrá que tomar decisiones igualmente irreales, que extrapolará a su vida real como si todo hubiese sido verdadero. Pero lo peor no está allí, en la persona sola que se deja guiar, pues es al fin y al cabo un solo manipulado; esto que llaman terapia de choque y educación experiencial (el corrector automático me ha subrayado en rojo la palabreja) es aplicado a grupos; esas vidas falsas son “vividas” por compañeros, que al padecer juntos sus sufrimientos irreales anudan sus relaciones de compañerismo y se convierten, psicológicamente, en “hermanos”; unos hermanos que no sólo se aprecian y se ayudan, que hasta ahí estaría bien; hermanos que, además, coinciden en exceso respecto de sus formas de pensar; como en las dictaduras. No puedo negar que yo mismo tengo ahora, y he tenido siempre, vidas imaginarias y me comporto como si fueran reales; pero éstas son vidas que invento, que yo invento, para tener en efecto experiencias falsas, que me permiten pensar en asuntos que no he vivido pero que podría llegar a vivir, y así estar preparado, y sobre todo me divierten, me quitan las posibles monotonías: ése es su principal cometido, y supongo que es algo que hacemos todos, imaginando nuestros sueños cumplidos y efectuados nuestros caprichos más irracionales.

El capricho como salvación
Otros caprichos más mundanos nos indican cuál de las tantas conclusiones que hemos obtenido al reflexionar sobre nuestras costumbres y nuestro entorno hemos de tomar como principio mientras alguna alteración no nos obligue a cambiar también nosotros; tales caprichos habrán de llegar en algún momento, bien sea apenas comenzando nuestras inquisiciones o luego de haberlas desarrollado con paciencia. Aquel que, a pesar de tener la sed de conocimiento característica de personas propias, no conlleva aquella capacidad de decisión repentina, se quedará siempre en duda sobre si alguna reflexión más profunda le traerá una conclusión más adoptable; de esta forma se verá, y con razón, como una persona en extremo indecisa. Así, el capricho con mesura ya no es sólo la fuente del regocijo, sino también de una vida propia, regida por decretos de asaz fuerza y a la vez susceptibles a los cambios que se hagan necesarios.[3]

La reacción del propio
Divididas las personas en dos clases referentes a sus costumbres y a sus determinaciones, resultarán también divididas en cuanto a sus reacciones. Ya he mencionado los dos posibles caminos que tomará una persona impropia luego de ser sometida a una actividad de experiencias falsas y abruptas. Una persona propia, en cambio, sólo pensará que intentan hacerla inquietarse respecto de algo frente a lo que ya ha tomado una decisión por medio de experiencias verdaderas, propias; y tanto montaje se le figurará ridículo y hasta despreciable. Es por ello que, por regla general, todos aquellos que poseen algún aire de intelectuales, es decir, que tienen un buen grado de curiosidad y capricho, tarde o temprano se retiran de estas comunidades, bien sea porque cada vez les han parecido más ridículas o porque alguna idea similar los hace sentir incomodidad en medio de esas vidas inventadas por otros. Y bien es sabido que estas experiencias falsas intentan precisamente perturbar las mentes de quienes en ellas son incluidos, pero una mente ocupada es muy difícil de perturbar, porque ya se ha encargado de ello el proceso que la ha llevado a ocuparse; en tanto que una mente con pocas decisiones, encontrada de repente ante la necesidad de reflexión, sufrirá con sus mentes hermanas las mentiras que para ella han sido inventadas. Pondré a disposición uno o dos ejemplos para no abandonar mi discurso en el dominio de lo abstruso.

Ejemplos
No os voy a pedir que comparéis vuestra vida con el navegar de un barco, pero sí que imaginéis a alguien que lo hace. Y bien pueda hacerlo si a ello lo ha conducido su propia razón y le ha parecido la analogía adecuada; pero ahora imaginad que no es una sola persona, sino quince o dieciséis, todas con el cometido de hacer tal comparación porque les fue solicitado hacerlo. ¿Qué sucede si alguno de los presentes es absolutamente ignorante respecto a asuntos de marina, como es bastante común y respetable en estos tiempos? ¿Si no sabe diferenciar una fragata de una corbeta, o una nao de un galeón? ¿Si cree que la quilla es un plato argentino o la verga el miembro viril? Esto pasa y se le explica. ¿Y si alguien tiene una vida para la que tal analogía resulta inadecuada o pobre? Incluso hay quienes no tienen por costumbre establecer proporciones entre su vida y el transcurrir de algo más, y esto está también fuera de crítica. Un segundo ejemplo: Existe para la preparación de los actores de teatro un ejercicio que recibe el nombre de campo minado: sobre un espacio delimitado, de un tamaño tal que podría allí edificarse una habitación personal, pequeña o grande, se ubican objetos de manera que resulte posible, pero no sencillo, atravesar el espacio sin tocarlos. Los actores han de organizarse por parejas e inventar, cada una, un sistema de comandos sonoros distinto al tradicional para dirigir sus movimientos en el espacio, en lo que concierne a las direcciones cardinales, o a los movimientos posibles de la torre del ajedrez, más la longitud de los pasos y otros giros que se consideren necesarios. Cada uno de los actores se cubre a su vez la vista y se deja guiar por el otro a través del campo minado recibiendo las indicaciones convenidas. En tanto esta actividad desarrolle habilidades corporales, comunicativas e histriónicas es tan válida como el juego de las escondidas o la improvisación teatral; pero orientarla para que el guía de turno sienta la plena responsabilidad de la vida de su compañero es condenar a un sufrimiento inútil a los participantes, que para el caso ya no serán actores en formación sino corderos en altar de un sacrificio inventado para retar el alcance de su sistema nervioso. Dada la dificultad del ejercicio, no será difícil encontrar llanto y aullido en quienes se convencen de haber llevado a sus compañeros a la muerte. Yo lo considero un acto muy cruel; en especial cuando, seguidamente, el director del ejercicio trae una reflexión personal que conduce al lamento y a la uniformidad. Y no es que tales reflexiones sean innecesarias; por el contrario, se precisan para vivir. Pero la persona propia las planteará por sí misma, sin tener que uniformarse con aquellos a quienes la falta de curiosidad y capricho ha hecho seguidores de un guión ya preparado.

Las decisiones de tipo continuo
Así como existen decisiones inmediatas, como la de comprar un helado o lanzarse de un trampolín, y entre las cuales doy prelación a los caprichos inocentes, existen otras decisiones que son de carácter continuo, en tanto que se toman como principios personales y, por lo tanto, como aquellas pautas según las cuales se tomarán, más adelante, otras decisiones. Considero buena una decisión de tipo continuo en tanto permita liberar ulteriores decisiones de la mayor cantidad posible de condicionamientos; así, el agnosticismo prima sobre el teísmo, pues las decisiones tomadas bajo el supuesto del primero están exentas de un condicionamiento referente a la posible intervención de un ser superior que observe nuestras acciones, mientras que en el segundo caso tal observación y juicio privarán a quien decide de tomar los caminos que lo conduzcan al "castigo divino". Y a pesar de ser yo ateo, declaro que me encuentro en este sentido en la misma posición que el agnóstico, pues actúo sin importarme la existencia de un creador o un juez supremo. Bajo este mismo criterio de buena decisión, resulta evidente que decidir por sí mismo es menos condicionante que dejar a otro —enfatizo aquí el singular del sujeto— orientar cual si fuere libro sagrado en la asunción de los principios personales, que han de ser tan individuales como la cantidad de vecinos permita; es decir, estos principios deben estar orientados por las experiencias sociales, por la influencia de todos aquellos con quienes se comparte la vida, y no por la de uno solo o unos pocos que han decidido imponentemente tomarse ese trabajo. Además, cuando digo "unos pocos" no me refiero a un grupo diverso en forma de pensar, pues esto podría llegar a ser favorable, sino a una comunión de pocas personas que, orientadas en principio por una sola, han llegado a pensar de manera tan similar como si formaran un cerebro y nada más que uno. O también podría darse, cosa todavía más terrible, que ese solo cerebro sea compartido por muchas personas; como en una dictadura.

Frente a las réplicas
Como digo, éstas son mis opiniones y a nadie obligo ni impelo a seguirlas al pie de la letra, ni en parte, pues estaría, precisamente, traicionando mi crítica. Abandonaré ahora la modestia, regresando así al estado que en este sentido es natural en mí, para advertir de la única clase de réplica que aceptaré contra los argumentos que he expuesto, a saber, aquella que esté fundada tras la lectura de todo el texto, y que lo iguale o supere en calidad de redacción (sin la necesidad de llevar el mismo estilo, naturalmente). Cualquier réplica que no cumpla con estos dos parámetros será considerada como hecha por alguien incapaz de organizar sus pensamientos clara y completamente, y por lo tanto pasará por vana y sin respuesta. Y antes responderé algunas acusaciones de las que posiblemente llegaren a surgir.

Réplicas: individualismo y tradiciones
Podría criticarse que mi posición es, además de individual, individualista, en tanto que propende por que cada quien actúe como lo decide por sí solo. Ante esto respondo que aunque es cierto que propendo por ello, no lo es que de allí se extraiga una sociedad individualista, pues estas conclusiones a las que cada quien debe llegar no tienen otra opción que estar fundadas en la experiencia personal, que se vive en comunidad, y por lo tanto estarán sujetas al entorno social. Es decir, tendrán, necesariamente, que armonizar en buena medida con la forma de vivir de los demás. Y en tanto más experiencias reales se tengan, más cerca estarán estas decisiones de tal armonía. Otra objeción que preveo es que mi posición está en contra de la preservación de las tradiciones, pues concedo a cada quien la libertad de abandonarlas a su criterio. Tal vez sea cierto, en parte. Defiendo la preservación de las tradiciones, pero sólo mientras esté en manos de aquellos que realmente desean hacerlo, y no de sujetos que las han heredado y han sido forzados a aceptarlas aun en contra de su voluntad. De la misma forma en que un turista holandés puede llegar a sentirse atraído por la vida de alguna comunidad indígena al grado de decidir quedarse allí y considerarse parte de ella, así un indígena puede optar por la vida en la ciudad, o un nómada por establecerse permanentemente en algún sitio. Y considero de esclavizadores y racistas el pensamiento de que los nacidos en ciertos pueblos indígenas y comunidades nómadas, o en cualquiera de aquellos grupos que se conservan por la imposición hereditaria de sus costumbres, estén obligados por algún insensato designio moral a ser por siempre aquello que nacieron siendo, sin importar que sus sueños no puedan hacerse reales más que alejándose de lo que, con negligencia, les hacen llamar “su pueblo” o “su tierra”.

Réplicas: psicología y propuesta
También podría parecer, por rechazar yo la guía de vida por parte de una sola persona, que repudio el oficio de los psicólogos. Esto es falso. Por un lado, existen los psicólogos teóricos, quienes en lugar de atender pacientes particulares se ocupan de realizar investigaciones y formular teorías sobre el funcionamiento de lo que podríamos entender con el desusado término mente. Por otro lado, confío en que existen psicólogos que no inventan experiencias para sus pacientes, sino que, muy conscientes de que los problemas individuales son individuales, brindan su ayuda utilizando fórmulas genéricas, o ingenios intelectuales, para que sea a partir de las propias experiencias del yaciente como se resuelvan estos trastornos. Vislumbro asimismo la pregunta de cuál es entonces mi recomendación para quienes tengan pocas posibilidades de vivir experiencias. Primero, declaro que tales personas no existen y que las experiencias hay que buscarlas, sobre todo para evitar la monotonía. Además, si se me permite traicionarme sólo un poco y aventurar una sugerencia, leer relatos, ver películas, escuchar historias, jugar con juguetes son actividades sencillas que alimentan de experiencias ajenas y, lo más importante, de diversa fuente a aquel que desea una vida propia.

El asesino propio y el bonachón impropio
Finalmente, requiero aclarar que lo enunciado en el primer párrafo no significa que defienda o admire yo a los asesinos. Imagino la situación en la que me son presentados un asesino y un bonachón como los descritos, y se me pide decidir quién de los dos debe sobrevivir. Elegiría la supervivencia del bonachón, pero lo escarmentaría de inmediato diciendo: «La vida de ese hombre que acaba de morir era muchísimo más valiosa que la suya, porque era propia; pero era peligrosa. Usted, que no representa mayor peligro en tanto no continúe impartiendo lo que le han implantado como cierto, puede seguir viviendo, pues poco importará su existencia. Pero si comienza a esparcir como verdaderas las razones que, fuera de su comprensión, lo han convertido en el pelele que es, entonces será usted un peligro mayor que el que hubiese representado el muerto.» En un acto de culminación con diversidad de medios, presento un inocente video sin intenciones comerciales y el afiche de una fuerte película que os recomiendo como ejemplo negativo, y sobre la cual, eventualmente, emitiré algún comentario. Presérvese la diversidad.




 Notas bibliográficas
1. A saber:
  • BACON, Francis. Novum Organum. Editorial Porrúa. México, 1975. Traducción del latín de Cristóbal Litran.
  • DESCARTES, René. Discurso del método. Editorial Norma. Bogotá, 1992. Traducción del francés por Jorge Aurelio Díaz.

        • Meditaciones metafísicas. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1967. Traducción del francés por Ezequiel de Olaso y Tomás Zwanck.

  • HUME, David. Investigación sobre el entendimiento humano. Editorial Norma. Bogotá, 1995. Traducción del inglés por Magdalena Holguín.
2.  Este pequeño diálogo lo inventé como parte de una colección de relatos que estoy escribiendo. Crímenes, se llama.

3. En un artículo anterior he escrito algo al respecto de la necesidad de estos cambios.

4. Los últimos textos de Jiddu Krishnamurti apoyan mi posición de negar la asunción de una persona modelo. En la versión francesa de la página se puede ver un texto muy corto de él al respecto.

martes, 20 de octubre de 2009

Caminando con los dedos


Salvo, por supuesto, si se trata de cosas como volverse vegetariano u homosexual –o como el chillón calzado naranja de los cuarentones en el centro de la cuidad–, considero que seguir la moda está bien. En muchas ocasiones, incluso, es necesario: por ejemplo, por muy “su estilo” que le resulte a alguien vestirse a lo Mozart, sólo se verá normal el último día de octubre, y sólo si tiene menos de doce años, o si se encuentra dentro de la Universidad Nacional de Colombia. Ya casi es la fecha del Aquelarre, fiesta báquica que se celebra el viernes más cercano a la víspera de los santos; ese día cualquier pinta es normal; y bueno, dentro de la Universidad Nacional cualquier día casi cualquier pinta es normal. Pero ahora hablo de otra moda, y mejor paso al tema importante antes de que piensen que estoy evadiendo, o persuadiendo de evadir, el asunto primordial de movimiento en el campus por estos días.  La moda a la que me pego es la de habar sobre el paro. Hay paro. La culpa la desglosaré más tarde. El polvo primordial, base de esta masa de estudiantes sin clase, es –además de una historia de cese frecuente de actividades académicas– un problema grande que atañe económicamente, y en consecuencia también en cuanto a calidad, a toda universidad colombiana sostenida por el Estado.

A rasgos generales, y como por no extenderme en lo que quienes con más probabilidad lean esto ya saben, se trata de una ley reciente que postula que las universidades públicas colombianas recibirán menos dinero del Estado del que reciben ahora, que no es suficiente, y gran parte de sus gastos tendrá que pagárselos solita (esto sin contar el no pequeño déficit que ya se tiene). ¿Cómo? Cobrando matrículas altas, recortando carreras “inútiles” (como Matemáticas, ¡oh! desgracia, o Cine, según me cuentan), menguando en investigación,… y, finalmente, vendiendo de a poquitos la universidad. Con ese cuento de la privatización, y lo sé porque mi padre, de setenta y cuatro años, entró allí a los dieciocho y fue miembro de la Juventud Comunista, los estudiantes han justificado movilizaciones (y más que todo inmovilizaciones) durante las décadas de las décadas amén. Eso hace que me preocupe yo un poco menos, pero sin embargo la cosa se ve bien seria en esta ocasión. Otrosí, la Universidad Nacional acaba de alterar sus estatutos académicos de una forma que, de golpe, ha dejado a muchos estudiantes sin cupo. Personalmente estos estatutos me parecen bien armados, pero dejan en desventaja a los estudiantes recientes, tratándoles como antiguos, y, por otro lado, tienen una acción retroactiva que cambia la situación de muchos estudiantes antiguos. Esto a pesar de los nuevos cursos de nivelación y el programa de adaptación (que al fin y al cabo se discutió harto). Tampoco es excusa el decir que en los primeros semestres siempre se ha ido más gente; ahora es más; y el mal menor no justifica el grande, en especial si son disyuntos.

Yo todavía tengo clase. Hoy, martes, mi día pesado, tuve seis de las once horas que tengo usualmente. Y, claro, fueron precisamente seis de las siete horas que no corresponden a los contenidos de mi carrera. En la mañana debía tener cuatro: dos de Teoría de Grupos y dos de Análisis Matemático; incluso, las dos de Análisis suponíanse de examen. Ahora, mirando el Facebook, encuentro un video en el que quien preside una asamblea triestamentaria en el Auditorio León de Greiff dice literalmente: «… Y lo más importante: ¡ratificar que la Universidad Nacional se encuentra en paro…!» Más no pude escuchar bien porque los asistentes comenzaron a gritar como si de la resurrección de Michael Jackson se tratase. Y no es que me moleste del todo que la universidad esté en paro. Lo fastidioso es que se diga con aceptación que eso es lo más importante. El paro es un medio para tener tiempo, pero no tiempo para salir a caminar; hoy, por ejemplo, había una marcha contra la estigmatización, impelida por un suceso del viernes pasado al que remito en el blog de un amigo: “¡vamos a bloquear las calles para que después no digan que somos unos revoltosos que andan bloqueando las calles!”; no para caminar, decía, sino para proponer, discutir y redactar. (Pablo Torres, otro publicador frecuente, tiene enlaces a algunos videos al respecto.)

Esto se lo he comentado a algunos amigos, y, desde luego, me dicen que se han redactado pliegos de peticiones: listas de laŭstudentaj farendaĵoj (“cosas que, a criterio de los estudiantes, deben ser hechas”; el esperanto es más preciso para estas cosas, y para casi todo) que se pasan a las directivas para que las miren. Bien, eso está bien, pero es una lista: no hay retórica, no hay oratoria, y eso hasta pasa; lo peor es que no hay dialéctica, no aparecen en el texto los argumentos que se han utilizado para construirlo. Claro, no es lo que debe aparecer en una lista. Y es que lo que debe aparecer no es una lista. Es un proyecto. Una propuesta, por lo menos, de contrarreforma. Para reparar tu reloj no le das machetazos: o vas a donde el relojero, o aprendes relojería. Es decir, o buscas a quien está en el sistema, o te adaptas al sistema. Nosotros, estudiantes, conocedores del problema y de la historia del problema, conocemos asimismo el sistema; pero nos estamos rehusando a adaptarnos a él. Sabemos que no contamos con el relojero (quien elabora las leyes), sabemos de relojería (las leyes concernientes a este lío), ¡pero le damos machetazos al reloj! Por pura terquedad.

Me comprometo a esto: Cargaré con una libreta todo el tiempo; asistiré a algunas asambleas de facultad (que de las triestamentarias los apuntes serían arengas, y ya bastante tengo memorizando poesía); participaré en ellas, claro; anotaré propuestas de los compañeros; organizaré un poco las ideas; redactaré algo corto con ello, y lo presentaré con su inevitable subjetividad a algunos líderes estudiantiles oficiales acompañado de una nota introductoria, ojalá de uno o dos párrafos nomás. No sé qué tanto tiempo tenga para hacerlo, así que actuaré desde mañana mismo si es que encuentro reuniones además de bloqueos en la mañana. Mientras unos marchan, yo escribo; mi caminata es con los dedos, como cuando subo escaleras con baranda.

Y yo no debería ser el único con esta clase de tarea. Las marchas de algo sirven: mostrar cantidad de opositores. Las camisetas monocromas y las pancartas llaman la atención del curioso (i.e., del que no sabe lo que pasa). Los pliegos son listas de objetivos: bases de proyecto. Los paros permiten las reuniones. Pero todos son, dentro de lo suyo, símbolos. Los símbolos invitan, y si son masivos más; pero yo invito a participar también de una manera menos simbólica. El reloj de manecillas no tiene gnomon.

viernes, 7 de agosto de 2009

Os invito a crear

Mi hermano Manuel se graduó de bachiller el año pasado, y el discurso de grado, escrito y pronunciado por una compañera suya, no estuvo mal. Pero un poco antes, o un poco después, la coordinadora de bienestar pronunció un discursucho de despedida a los graduandos que bien pudo haber sido compuesto de la siguiente manera:
Maritza Berdugo se encuentra de pie ante un espacio en el que cuelgan más o menos unas sesenta fotografías de estudiantes con birrete. Con ellos como destinatarios, toma de cualquier parte un lugar común, y lo apoya frente a ella; coge otro, y hace lo propio; el siguiente lo pone allí, y el otro acá,… y así sigue, hasta finalmente tener entre treinta y cuarenta lugares comunes distribuidos arbitrariamente en un plano euclidiano (que podría ser el lugar matemático más común). Ahora toma la pita raída y sucia de un trompo que ya no gira (porque los trompos cuando son bien lanzados giran y cuando no sí ruedan), y comienza a atar a ella cada lugar común con un nudo que de marinero tiene lo que la pita de nueva, y sin darle mayor importancia al orden del proceso. Finalmente, tensa un poco la pita, produciendo un aparente orden lineal de los lugares comunes. Eso fue el discurso. Incluso pudo haber sido algo como coger todos esos lugares comunes, amontonarlos dentro de una bolsa negra y sacarlos uno por uno mientras se habla… En fin, una cosa terrible.
Y es que es posible hacer buenas cosas con lugares comunes, o con pitas raídas… Es cuestión de pensar en lo que se quiere decir; en lo que se le quiere dejar a la gente como mensaje, y un simple “Que os vaya bien en el futuro.” desde hace mucho tiempo ya no sirve. Un “Os recordaremos por siempre.” no sólo es hueco sino falso. Hay que usar cuerdas finas, o disponer las ideas estéticamente en un espacio adaptado para ellas,… Maritza Berdugo, lo aclaro, me agrada mucho, y guárdela el Registrador Nacional en buenas fichas, que gracias a ella yo estoy documentado en este momento. Mi diatriba es sólo contra la suya de aquella ocasión.
Dos años antes me debí graduar yo, pero me relajé demasiado en décimo grado y tuve que repetirlo, lo cual de cualquier forma no me molestó. El discurso de ese año, pronunciado por Camilo Molano, también estuvo bien, aunque no le faltaron sus lugares comunes (y es casi imposible que falten del todo). Decidí entonces que yo pronunciaría el discurso de mi graduación. Me puse a pensar en el enfoque que le daría y a eso de febrero del siguiente año comencé a redactarlo, y como tenía tiempo lo escribía espaciadamente. Lo tuve listo para comienzos de diciembre,… un par de semanas después de que pasara la selección. Sí, fallé. No pude pronunciar yo el discurso, pero con la redacción y la prosodia de Paula Pabón me sentí bien. Sin embargo, aprovechando mi cargo como representante estudiantil al consejo directivo, logré obtener un espacio ya no en la ceremonia de graduación, sino en la ceremonia de clausura, para dirigir unas palabras a la “comunidad educativa”. Adapté el mismo discurso para la ocasión; lo leí, me gané un muy buen aplauso, e incluso unas tres personas me pidieron al final que les pasara el texto. Sé que no son ideas nuevas las que expuse, pero sí fue algo que escribí a partir de lo que yo había pensado por mi cuenta, así que me pasó como a Aureliano Buendía con la redondez de la Tierra: ya se sabía, pero él la descubrió.
Como esto pasa en Colombia y aquí se usa se usa el pronombre “ustedes”, el discurso original lo lleva, pero ya os habréis percatado de que prefiero el uso de “vosotros” y sus correspondencias, que es entonces lo que aparece aquí, y que sólo afectó la última frase. Tal como lo publico ahora no fue como lo pronuncié; a mi modo de ver, lo he mejorado, por lo menos en lo que a la sintaxis refiere. Hay que tener en cuenta con esto de la sintaxis el hecho de que no es un texto para ser leído sino para ser escuchado. No sé si pronto, pero sí en algún momento agregaré un archivo de sonido con la lectura hecha por mí. Le he dejado el título de entonces, a pesar de que ahora me parece que aunque sea apropiado no es lo suficientemente estético.

Sólo se logra pensando

Todo hombre que se encuentre en capacidad de pensar pensará indefinidamente hasta su muerte. Toda interrupción de ese pensamiento continuo será insignificante (con la excusa del estado de coma, sobre la que no tengo experiencia) o será perdonable –como el exquisito estado del sueño profundo.
Todo hombre que no se encuentre en capacidad de pensar no podrá ser considerado hombre.
Y es porque el hombre no es hombre si no socializa. El hombre no es hombre si no comparte. No lo es si no discute. No lo es si no se hace a sí mismo desde los demás. Es un ser naturalmente social. Y para todo lo dicho se necesita pensar y haber pensado. Y como conclusión de lo dicho hay pensamiento desarrollado. O no se ha socializado correctamente.
Entonces, el hombre no es hombre si no enseña y no aprende, y sólo lo es si enseña y aprende. Evidentemente: es imposible enseñar sin haber aprendido y aprender sin llegar a enseñar. Aquel que aprende y no enseña ha abandonado su sociabilidad y se ha limitado a escuchar. No es hombre.
Preocupa que no sea muy difícil encontrar a un hombre biológico que no sea hombre pensante. Así que hay que construirlos. ¿Para qué construirlos? Hay tres razones:
1. La evolución. Evolucionar es continuar algo desde el punto en el que iba, mejore o no, eso depende de criterios individuales. Pero los que saben cómo están las cosas mueren, son hombres. Por tanto, deben dejar sus conocimientos con otros que, según las leyes naturales, morirán luego. Pero sólo saber no basta, hay que continuar. Y eso sólo se logra pensando.
2. La solución. Entre más se sepa, más posibilidades se tienen de resolver problemas, más criterios para evaluarlos, más vías para evitarlos. Pero sólo saber no basta, hay que actuar. Y eso sólo se logra pensando.
3. La armonía. Un hombre que sabe lo que es molesto para otros y para sí mismo puede evitar caer en errores. No en los errores, es imposible no equivocarse; pero aceptar y asumir las equivocaciones no es un error. Intentar disminuirlas al máximo, tampoco. Pero solo saber no basta, hay que vivir. Y eso sólo se logra pensando.
Se supone que llevamos tantos años de estudio precisamente para eso, y se supone que para eso mismo los continuamos. En este momento es cuando cambiamos la forma, y tenemos que volvernos a adaptar. Porque para que las cosas se adapten a ti, debes primero adaptarte a ellas. Para cambiar algo debes conocerlo. Pongamos un ejemplo que improvisé una vez hablando solo:
Imaginemos a un arqueólogo al que, en una excavación, por el polvo, por el calor, por las piedras,… por cualquier razón se le daña el reloj. Este hombre de relojes sabe que dan la hora,… de pronto un poco de historia. Puede intentar repararlo él mismo, pero seguramente lo dañará más, o lo dejará completamente inservible. Puede dejar así, y liberarse de estar pendiente de la hora, pero ¿y si lo necesita? Por último, puede llevarlo con un relojero, que lo conoce, que está adaptado al sistema, y que simplemente lo coge, lo abre, lo mira, lo repara, lo cierra, lo entrega, y cobra… Así funciona el mundo. Podría verse éste como otro fin de la educación. Pasar la adolescencia lo más fácilmente posible. ¿Qué es la adolescencia?
Tomaremos estas dos relaciones posibles entre hombre y mundo: o el mundo está adaptado al hombre, o el hombre está adaptado al mundo. Lo segundo trae consigo la posibilidad de cambiar la forma. Cualquier otra relación es sólo transitoria. La niñez es la época en la que el mundo está adaptado al hombre. La adultez es la época en la que el hombre está adaptado al mundo. La vejez es una nueva niñez pero con la experiencia de todo lo anterior: la misma niñez, la adultez, y la adolescencia. La adolescencia es la época de transición en la que lo difícil no es llegar a adaptarse al mundo, es darse cuenta de que toca hacerlo. Una vez habiéndose percatado, adaptarse es relativamente sencillo. Y estas dos cosas sólo se logran pensando.
Viéndolo de este modo, lo que se hace con la vida es construirla. Adaptarse a lo que nos rodea para poder ponerlo a nuestro favor: Conocer a alguien es necesario para que nos caiga bien, y para sugerirle cambios, o para odiarlo. Eso sí, en el caso de las relaciones sociales existe un parágrafo: Cuando se trata de personas, la adaptación tiene que ser mutua y simultánea.
Viendo con esto que el hombre cambia todo el tiempo, que no sólo no es igual a los demás sino que sólo en el mismo instante es igual a sí mismo (creo que es algo que todos sabemos, y que intentamos), tenemos al hombre como la mejor creación del hombre. Dicen los griegos que arte es todo oficio que genere una creación.
Entonces sólo pensar no basta, hay que hacer arte. Y eso sólo se logra creando. Os invito a crear.
Auditorio El Auditorio León de Greiff, donde pronuncié el discurso, en la fotografía seguramente durante algún ensayo de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Se extiende bastante más hacia atrás, pero no encontré mejor imagen. Este martes tengo clase ahí, así que tal vez si consigo cámara tome una fotografía más amplia y de mejor calidad y hago el cambio. Ésta es de dominio público. Y respecto a León de Greiff como persona y no como auditorio, también a él le dedicaré una entrada en algún momento, que me parece un poeta del carajo. El vínculo lleva a una página del portal El poder de la palabra, cuyo contenido recomiendo excesivamente.
Complemento con un par de comentarios. Hace pocos días una amiga se encontraba en una discusión vía mensajes de Facebook con un muchacho y yo la leí toda porque el mensaje inicial era un chiste que envió ella a varias personas, yo incluido, y porque no tenía más que hacer. Cansado de que se insultaran bajo los temas de «participación política» y «aprovechamiento del tiempo libre», escribí:
Buenas... ¿Podrían dejar de pelearse, por favor? Me han estado llenando de reclamos mi bandeja de entrada y lo molesto no es sólo que estén mal escritos ni que se usen en ellos frases demasiado comunes (lo que también los convierte en mal escritos, y no lo tomen como una ofensa), sino que se están peleando como radicalistas del mismo bando: esos que defienden ideas similares y por diferencias pendejas intentan hacer que el otro se sienta mal. No significa que tengan ustedes ideas similares, eso no lo sé, hablo sólo del estilo de la pelea, que se me hace algo falto de pilares. ¿Qué tal si todos seguimos en nuestro cómodo desocupe, cada quien con lo que entiende por cómodo? ¿Vale? Gracias. Y un beso para Ana. (Favor responder el mensaje sólo si se tiene algo que decir.)
La respuesta de él, Emmanuel Devia, fue la que sigue, salvo los arreglos gramaticales que yo le hago para no sentirme mal: «Primero: ¡buena esa! Segundo: ¡con todo respeto, no sea sapo! Pero relax, hágame más bien un favor, dígale a Ana María que entienda que hay diferentes modos de pensar y no todos pueden pensar como ella, ¿ok? Y gracias.» Me gustó la respuesta, le pedí a Ana María que dejara de seguir la cuerda; como ella decía que estaba defendiendo sus ideas, le dije también que estuviera tranquila con eso, que todos cambiamos de ideas todo el tiempo: nos mantenemos pensando y pensar es precisamente manipular las ideas… ¡Así que quien no cambie es imbécil!
Por último, repito el título: tampoco hay que quedarse en pensar – cambiar. De nuevo: Os invito a crear.